Amorosamente apasionado, no es de los que disfrazan las cosas; al contrario, diría que es brutalmente franco para el gusto de muchos. Directo. Crudo. Alguien con quien ciertamente se sabe qué terreno se está pisando, llanero de pura cepa nacido en Apure y viviendo en Barinas, Alberto José Pérez es todo un personaje particular e inolvidable. Nos conocimos en el Encuentro Binacional de Escritores de Colombia y Venezuela en agosto de 2006, en Cúcuta. Año en que estuvo especialmente nutrida la delegación venezolana. Desde ese momento ha surgido entre nosotros una bonita y cálida amistad. Su espontánea franqueza, o viceversa, hace que parezca un niño grande (y muy grande pues es un hombre de elevada estatura). Un ejemplo de ello es su respuesta cuando le inquirimos sobre qué hace en sus ratos libres: “Siempre estoy haciendo algo aunque sea mentando madre en silencio”. Se describe a sí mismo como buen padre, abuelo y amigo, generoso pero muy malcriado.

Poeta, editorLibro Literatura, comentarista literario. Entre los premios obtenidos por su obra destacan: el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela en 1991 por Homenajes y el Premio de Poesía de la Universidad Ezequiel Zamora en 1987 por El espejo y la memoria, tiene publicados siete libros más. “Desde muy joven he tenido diversos trabajos, que me han permitido vivir como he querido. No se puede desvincular el trabajo de la vida ciudadana ni campesina. La vida como el amor es construcción. Tampoco han interrumpido mi escritura, al contrario, la han fortalecido, cada día es más placentero trabajar, lo hago con alegría y como con mucho más placer”, afirma este prolífico poeta. En cuanto a planes a corto plazo quiere resolver algunos compromisos familiares y darles la lectura final a sus más recientes libros, titulados Mi caballo azul y Memorial de unos días bonitos, a mediano plazo quiere volver a España y a muy pero muy largo plazo morirse.

No cree que la poesía esté en crisis: “jamás”, dice enfáticamente. “En crisis están los que escriben versos, mas no la poesía. No sé si recuerdas aquellos famosos días de los ochenta cuando aparecían genios de la poesía a cada hora. Qué pasó, nada, murieron al nacer. La poesía es un asunto de vida y no de agarrar cuatro vocales y este es mi libro. De esos años quedaron los que eran y yo los leo y celebro con alegría”. Pero sí la considera terreno de una minoría: “Es como todo lo que se refiere al conocimiento humano. La poesía, en la Grecia antigua, era de utilidad pública; yo tuve maestros que en el aula leían poesía e insinuaban cultivarla como oficio a aquellos que veían con posibilidades o, como dicen ahora, talento. Siempre será de minorías. No hay que confundir la arenga política versificada con la poesía”.

Un hombre cuya filosofía consiste en “saludar a los muertos que creen que están vivos; dejar que los demás hagan lo que les apetezca, celebrar a mis amigos y como el vallenato desde mi Casa en el Aire, mirar el paisaje humano”. Católico mas no curero, cree en Dios, la Santísima Virgen y las Tres Divinas Personas. De Dios piensa que es un jodido porque no perdona pero un gran jefe al que obedece y con quien habla siempre. “La vida es hoy”, dice. “Y mis semejantes sólo eso, mis semejantes, y los sentimientos depende cómo se cultiven para que crezcan en belleza y amor”.

Con una infancia bonita, vivía en el paraíso: muchas aves y animales, un río, anzuelos y el amor de sus mayores. Seguro que este es el origen de su afectuosidad. Aunque el amor ha sido un camino bastante tortuoso para Alberto José, de hecho sobre ese tema expresa: “Paso y gano; dolores, dolores, estafas, estafas y las más de las veces yo he provocado todo. Bellas, mis princesas, yo las recuerdo y rezo por ellas”, y aunque su sensibilidad emocional lo torne sumamente susceptible a las fallas humanas es quizás la misma fuerza que lo nutre para escribir su poesía y afirmar: “Yo soy poeta y mis caminos son infinitos. Cada día me gusta más lo que escribo. Ahora mismo trabajo las figuras que distingo en el cielo entre las cinco y siete de la tarde, me fascina observar lo que la vista me permite, el cielo, desde el patio de mi casa. Yo observo, pienso, pienso mucho, siempre estoy pensando, hasta que siento muchísima necesidad de escribir, al punto que me enfermo si no lo hago. Me dan calenturas y me arrecho con mucha facilidad y no duermo. Esto ocurre cuando lo que voy a decir es fuerte y no duermo hasta que le doy el perfil, sereno, humano, que yo, como poeta, considero debe tener el poema aun si es doloroso y amargo. Yo soy un inspirado, resido en mi vida”.

Este es Alberto José Pérez, el poeta del que les hablo…

Entrevista realizada por: Ana Berta Lopez