“Yo soy del Samán de Apure, poeta”, me contestó aquella mañana, no sé dónde, pero no me corro que sucedió en medio del sofoco barinés, cuando todos lucíamos cabellos oscuros y delgada silueta. Era su primera aparición en mi recuerdo, pero desde entonces Alberto José Pérez ha mudado poco de apariencia: espigado, la sonrisa escasa, la mirada de gavilán (“soy un buen gavilán”, me repite la memoria en uno de sus poemas, o algo así), casi siempre bajo la fronda de la plaza Zamora y casi nunca en las gradas del espectáculo de la nombradía.

Quienes íbamos a Barinas imaginábamos hallar en la ciudad embalconada sobre el altozano andino y la mirada sobre el estribo de la tierra llana a algún poeta con apariencia y motivación próximas a Arvelo Torrealba y a Enriqueta Arvelo (la palma, la copla, el filo del mundo, el mastranto, el jinete, el vocablo áspero de soga y espuela) y no esa llanura con nombre de pueblo que es la fe de bautismo de Alberto José Pérez. Todo su talante y la lectura de su poesía, su ser y sus creaciones se resumían en alguien sin lugar visible. Estaba allí, en el centro de la canícula, como un recién llegado y ya presto a partir. Así me lo figuraba —yo todavía lo invento después de nuestro reciente encuentro—, como guardándose u ocultando para sí su educación sensible barinesa y su remota procedencia apureña.

Si hubiera que alinearlo al lado, digamos, de Jesús Enrique Guédez, a quien en silueta y maneras se le adivinaba la luminosidad de Puerto Nutrias o si no lejos de la levantada poeta de Poemas de una pena, nos sentiríamos más que incómodos: su escritura, como su figura física, es de quien habita una ciudad y a ella se debe. Una ciudad, o lo urbano, donde se vislumbra Barinas, pero sin apenas entorno, a lo sumo un ave, el río (menos por donde transcurre que porque es río), alguien, cierta vividura, pues a quien leemos es al hombre que en esos espacios de región o lugar va de prisa —leo en una de sus producciones reunidas en El poeta de quien les hablo— mientras se mira al borde, al filo del mundo, en primera persona, como casi toda su obra, o sea así: “Desde esta vida apurando el paso / acostumbro mis gestos al vértigo / frío penetrante / ritmo de ojos y montaña”.

De ese libro, editado hace un tiempo por la Alcaldía de Barinas, en el que su autor coteja su poética en una revisión antológica, Lubio Cardozo, como es habitual en su perspicacia de envidiable lector de poesía, destaca aquello que define el arte poética de Alberto José Pérez: “La oferta de un vivir convencional por el otro reino, aquel donde el cuerpo no se salvará de padecer los mil infortunios de la cotidianidad a cambio de salvar la belleza, el sueño y el espíritu”. Para intentarlo no tiene tiempo de ser paisajista o de tardarse en el inventario imaginístico del color local: es a él mismo y a él solo al que acude o al tiempo (“Es el tiempo quien me nombra”, anota en un poema), porque hallo en esta antología un reiterado reclamo por verse, por saberse en carne y ansia, enjuiciándose, casi siempre sin perdones o aceptándose, a menudo a pesar de sí. Para ello recurre inclusive al motivo del llamado realismo sucio o a su lenguaje, como que nada le es ajeno a esa averiguación personal con la que —y así lo señala Cardozo en la cita de hace un instante— persigue “la salvación de la belleza, el sueño y el espíritu”. Poco importa que nos moleste la frase escatológica, el puaf ante el lirismo, y se plazca en el residuo o el sucio. De allí, de lo real sustancial e intrascendente, Alberto José Pérez extrae cuanto le permite incorporarse al mundo, heridor, inaceptable, pero a la búsqueda de la imagen que conmueve aun en su rudeza, aun crudelísima, cuando dice: “Acaricio la furia / como a un perro de caza”… “Soy duro como todos los golpes”, pues se sabe “amarrado con hilos de oro”…; o bien cuando se confiesa: “Percibo la ruina / en el ojo de la perdiz” y sostiene que “un hombre se pierde / mientras mira desprevenido / el día en que vive”…; y está ella, la amada, en su propio ser, y de esta suerte lo expresa: “Abro puertas y ventanas / para que entren flores de Apure / y Alberto José Pérez / clave una bandera amarilla en sus ojos”; o en su corazón, “que cuando la nombro / tiembla con tierra y todo”.

Ríe poco el poeta apureño de Barinas callejeando por la ciudad de José León Tapia o en los mentideros de los bares donde viven los seres gravemente sentimentales. Con tierra negra de tabaco en su boca y con vino ardiente de cañaveral en su palabra me mira y vuelve a declinar su origen de ninguna parte: “Yo soy del Samán de Apure, poeta”. Del mundo, se entiende.