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Topo y gano

Alberto Jose Perez

La oscuridad y el silencio, dice el sujeto protagónico, balbuceante por alucinado, es lo que le permite recordar unas piernas varicosas o casi varicosas, con unos pies cuyos dedos parecen estar en buen estado a pesar del rojo de las uñas que, como todo disfraz, ofrece la chispa de la duda. Con gran esfuerzo, el sujeto va tejiendo la historia de los Bares del Sur, de uno en particular, es el escritor incipiente que se asoma, a duras penas, por la resaca que el alcohol en demasía produce, va recordando los hechos que de a poco lo ayudan en la descripción de una casa de putas y de una que se ha marchado, acercándolo a la escritura más que a otro oficio, inclusive, más que al trago que aunque no lo crean también es un trabajo verdaderamente placentero, el sujeto se va trasformando en muchas voces, en grandes y profundos suspiros un día después cuando la memoria ocupa el espacio orgánico de la historia de la casa de putas.

pedro_jose_pisanu escritor venezolanoTodo esto es a propósito De algún lugar del sur y otros cuentos, libro compuesto de 9 narraciones de muy buena factura narrativa, digamos, que poseen un encantamiento cinematográfico y que ha sido publicado por el Sistema Nacional de Imprentas, capítulo del Táchira, en la colección Clásicos Zaranda, año 2008, y su autor es Pedro José Pisanu, merideño, profesor de literatura y avecindado en San Cristóbal; ha obtenido el Premio de Cuentos de los Circuitos Culturales de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del estado Táchira; tiene en su haber varios libros de cuentos publicados: Diario de Brom y otros relatos, El color sepia, El premio, El pirómano. (Ver libros)

Qué puedo decir si no que se trata de un magnífico narrador que tiene la bella fortuna de no aparecer en esos “inventarios” de grandes cuentistas porque siendo la mayoría menores de edad al respecto, sus obras no nos ofrecen la oportunidad de una segunda lectura o más como sí la tenemos con la obra de Pedro José Pisanu, la cuentística de Gallegos, Orlando Araujo, Denzil Romero y otros poquísimos y muy respetados autores que se me escapan en este momento; en Pedro José Pisanu sus historias no se empequeñecen ante nada y ante nadie, topo y gano, en De algún lugar del sur y otros cuentos.

 

Lucía Salerno “La soledad y la impresión arropan mi existencia”

Por: Alberto Jose Perez

Fotos: Ana Berta López

Lucía Salerno

Casi al final de este ciclo de entrevistas a poetas venezolanos y extranjeros, hoy traemos a la poeta apureña Lucía Salerno, ante nuestros lectores. Licenciada en educación por la Universidad Experimental Simón Rodríguez. Dueña de una personalidad poética atractiva. Su obra se enmarca en lo que podríamos denominar poesía lírica de vanguardia. Ha publicado dos libros de poemas: Las cosas íntimas del cielo (Editorial Trazos, Caracas, 1990) y Herbívoro (Editorial Fedupel, Caracas, 1997). Tiene inédito El silencio de las piedras. Obtuvo el Premio Municipal de Poesía “Bicentenario de la Ciudad de San Fernando” en 1990 y en el 97 fue mención honorífica en la Bienal de Poesía “Francisco Lazo Martí”; también es magíster en evaluación de los procesos educativos por la Universidad Santa María, Caracas. Enseguida entonces preguntamos y ella, Lucía Salerno, responde:

—¿De dónde vienes?

—Vengo del río Apure, Isla de Elba, casa de Juan Salerno. De la mano de mi madre al primer año de mi vida conocí el mar. Atravesé el océano. El barco “Marco Polo” me llevaría a Italia. Terranova de Pollino (el sur), pueblo de piedra. El monte Pollino, mis abuelos y mi madre. A los seis años me llevaron a la ciudad de Torino (el norte) allí internaron mi niñez y adolescencia en un colegio. Monjas férreas, rebeldía iría de la mano; con todas sus consecuencias. A los doce años regreso a Venezuela, estado Guárico, Puerto Miranda. Vaqueras de Juan Salerno. La soledad y la impresión arropan mi existencia.

—La poesía, ¿cuándo entró en tu casa?

—La poesía entró en mi casa, una noche de los años ochenta. Ella silenció mi grito y despertó las voces de mis años de existencia. Entro para permanecer en mí y sentir la necesidad de descubrir y reaccionar, a través de la palabra.

Lucía Salerno—La vida: ¿mañana u hoy?

—¿La vida? Hoy brota con el despertar de cada mañana, indudablemente sentirla así envuelve e individualiza hacia un fuero interno, hacia una luz que habita en el encierro, y solidarizarme con ella es saber que la vida es hoy.

—¿Cuáles son tus gustos literarios?

—Mis gustos literarios: la poesía, la novela, a través del poema conozco al poeta y siento verdadera admiración por él. Las novelas me dan oportunidad de relacionar los relatos con muchos aspectos concretos de mi vida.

—¿Cuál o cuáles autores consideras que hayan influido en tu poesía?

—En mi poesía tuve influencia de Rilke, Pessoa, Kavafis, Enriqueta Arvelo Larriva, Gerbasi, Luis Alberto Crespo, Igor Barreto, de alguna u otra manera me ayudaron a sostenerme. Otros, vendrían después… Hay una (María Inmaculada Barrios) que rozó mi corazón a través de sus “Plegarias”.

—El paisaje interior o exterior, ¿cuál es tu preferencia?

—El paisaje es la imagen posada en el poder cognitivo de la palabra, siempre hay una experiencia y una intención para convertirla en “palabra”, a través de la poesía.

—Cuéntame un poco de tu región de origen.

—Mi región de origen es Apure, tierra hermosa, con ríos y caminos que en invierno se hacen aguas. Calurosa y húmeda, a veces de cielo gris y neblinas efímeras. Tierra de ganado y sabanas, donde la soledad, la grandeza, el infinito y el río se confunden con un pueblo que se abandona en las desorganizadas ciudades.

—Una anécdota…

—El editor del poemario Herbívoro me llamó con la intención de cambiar el título del mismo, yo le dije que lo pensaría, a los días volvió a llamar para el nuevo título y yo le dije que lo había pensado y que el título era “H-e-r-b-í-v-o-r-o”, lo cual le causó risa.

Lucía Salerno—Algo que recuerdes y que te haya marcado…

—No recuerdo nada que me haya marcado, quizás con alguna ayuda… En otra oportunidad. Tal vez muchas cosas me han marcado y no sé discernir.

—¿Qué es Dios para ti?

—Dios es una voz que sale de mi alma para agradecer, para suplicar, evocar y una manera de viajar por el camino de la felicidad. Dios es también poesía.

—¿Y el Diablo?

—El Diablo también es mi voz, indiferente, y una manera de viajar por el camino de la tristeza.

—¿Desarrollas tu escritura alejada de los círculos intelectuales o interactúas con ellos?

—No interactúo con círculos intelectuales, mi escritura es personalísima.

—¿Qué opinión te merecen los talleres literarios?

—Me parecen provechosos cuando los integrantes tienen la oportunidad de ser escuchados y no interpretados por los críticos literarios.

—¿La muerte es tema en tu poesía?

—La muerte no es tema en mi poesía, en algunos poemas se asoma como inmortal o continuidad.

—¿Piensas el poema o es aluvional su llegada?

—Pienso en el poema ligado a una imagen que me conlleva a desarrollar una actitud insistente hacia la escritura. Una actitud de mucha concentración, incertidumbre y desasosiego. La intención obsesiva me lleva al poema. No es fácil escribir con el don del estilo y la inspiración. En mi caso no lo es, siento mucha debilidad hacia el hecho poético. No he controlado aún esa pasión obsesiva y con mucha frecuencia me alejo de ella. El aluvión no me llega, es un proceso mental de mucha intensidad.

—¿Religiosa?

—Sí soy religiosa.

—¿Qué es para ti la oración?

—La oración es esa voz de la cual te hablé, que pide fuerza, luz, perdón, tesón para vivir día a día.

—¿Lectora de qué: cuento, poesía o novela?

—Poesía, novela: en este momento leo Un poeta como yo, de Alberto José Pérez, y ¡Oh es Él!, de Maruja Torres.

Retrato de memoria de Alberto Jiménez Ure

En Tía Juana, población del estado Zulia de la ahora República Bolivariana de Venezuela, nació el escritor, ensayista y poeta Alberto Jiménez Ure, vecino, hace muchos años, de la ciudad de Mérida, donde en alguna mesa o barra de aguas encantadas nos dimos la mano, de eso hará unos 30 años por la medida chiquita, es decir, el tiempo mínimo que yo calculo, de nuestro encuentro, que sigue siendo el piso de una grata y fructífera amistad; por supuesto, ya se ha jubilado de sus labores en la universidad, es un viejo como yo, laboralmente hablando.

alberto jimenez ure poetaSu primer volumen de cuentos: Acarigua, escenario de espectros, es el testigo de una serie de títulos que abarcan todos los géneros literarios, sin dejar de lado la filosofía. Jiménez Ure, como Carlitos Contramaestre, su amigo y mío también, en su tiempo, ya ausente de nuestra vista mas no de la memoria, es un testigo excepcional de la vida literaria, política y social de la ciudad de Mérida; en lo político es un referente obligado de la resistencia al actual gobierno sin desconocer la huella buena; en lo literario no aplaude mediocridades ni medianías, y vida social abundante tiene, el escritor goza la atmósfera tibia del hogar, allí es el escenario de su oficio, la escritura, la calle ya no es emoción del goce de la noche ni del café, conversadito, vivimos tiempos de disparos, atracos y atropellos. Pero el escritor que es no huye de esa realidad, la confronta con ideas que el crecimiento del mundo civilizado le permite esgrimir ante el regreso del abismo, las sombras del infierno, con quien combate cuerpo a cuerpo, lo he visto y así lo señalo, nadie me lo ha contado.

Jiménez Ure es un pensador, mejor dicho, un escritor-filósofo, que a veces la fuerza de la poesía lo atrapa, huracanea sus cabellos y sus pequeños y oscuros espejuelos se convierten en los hitos que señalan las fronteras de un hombre ante su realidad y su tiempo.

Muchas son las historias de ficción que Alberto ha construido, mucha también su poesía; gratas, muy gratas sus reflexiones filosóficas, así como verlo en el marco de una ventana, asomado a una ventana, como si desafiara una bala perdida, es la imagen cinematográfica que él mismo se ha hecho, palabra a palabra como si fuera el mismísimo Alberto Jiménez Ure, redivivo, en todos sus libros.

Un tal Rafael José Muñoz

Un tal Rafael Jose mUÑOZ eSCRITOR POETAPareciera que Rafael José Muñoz pasó la vida creando, sin poder concluirlo, su propio infierno, cual corresponde a un poeta como él; quiso la fórmula para soñar, eternamente, y si la consiguió, esos sueños jamás pisaron los límites del espanto, quizás el amor fue el nudo mágico que hizo posible los nombres de personas y lugares, dioses y demonios, que atesoró en su poesía. Eso sí, los puntos cardinales, sus puntos cardinales, son, en cierto modo, UNO, la bestia memorística que hace posible la atmósfera para que el poeta, respire, camine.

Anterior a Muñoz, Salustio González Rincones también se arrinconó a sí mismo en ludopatía semejante a la del hombre de El Círculo de los Tres Soles (Fondo Editorial del Caribe, 2005), paisaje y hombre, amor y muerte. En Muñoz esos planos son más claros y precisos, el fárrago provinciano no le pesa tanto como a González Rincones, los símbolos de la ruralidad de la época son, en su poesía, retrato de un país que comienza a reconocerse como tal. Muñoz juega con dardos y con ellos sostiene los estandartes que como árboles deja caer con el estruendo que todo dolor se dimensiona a sí mismo, en la huida, cuando comienza a despegar las hojas del calendario de las rendijas de su alfabeto. Es extraño, pero percibo todo ese juego de Muñoz como una ventana de alas batientes. Cuyo sonido obliga a todos a atender los movimientos que con el viento estremecen los cimientos del poema, la voz de Muñoz, la vida de Muñoz, aun así puede distinguirse un poeta que no recala en esquinas ajenas, que no hiere el viento con banderas que no le pertenezcan.

El espacio sagrado de El Círculo de los Tres Soles es la huella de un gigante que no se borrará, en ella resbalarán quienes lo intenten, si no dan el tranco posible para alcanzar a mirar Las Siete Cabrillas, el Pájaro Siete Colores y los Siete Pecados Capitales:

El viento llega otra vez y se pone como un peón
en su cabestro de anchulina que apuramos
cuando tomábamos agua sin dolor.

El viento llega, me trae sonidos del mar,
batallones de cangrejos, fulgores de algas
y los espejismos de las altas soledades nocturnas.

Solapado yo lo veo junto a sus aves azules
cuando envuelve como un miche de madrugada
y hace que se esfumen los alcanfores en cruz.

Es el viento que trae sus maletas,
es él, mira so voladura,
mira cómo voltea mi camioneta Austin 1958.

Su horizonte tiene que ver con el cielo,
con las siete cabrillas, con el pájaro siete colores,
con el arco iris también, y con los siete pecados capitales.

El viento, si lo pasamos, muere Krist.
Si lo dejamos en su círculo es que nació Ogor.
Es que ya vino, ojalá que haya traído
Sus treinta y siete cocuyos.

Muñoz, Rafael José, está en el círculo de los poetas, donde el lector puede probar la llama de una poesía donde “el énfasis es estrangulado” y disfrutar la extraña manera de anunciar la muerte de sus amigos, quizás con la intención de manifestar su lejanía, cosas de poetas, señores del mundo.

El regreso del caracol – Celebraciones

Celebraciones, libro escrito por Alberto Jose Perez.

Libro Celebraciones Alberto Jose PerezAdemás de ostentar un lugar destacado en la poesía venezolana contemporánea, el escritor venezolano Alberto Jose Perez es un cronista cabal y prolífico. Celebraciones reúne una veintena de sus crónicas en las que, como se intuye en el título, despliega el aplauso contagioso en favor de sus no pocos afectos literarios.

Nelly Fernández, Gonzalo Fragui, Ernesto Román Orozco, Yildret Rodríguez Ávila, Caupolicán Ovalles, Fidel Flores, Jesús Enrique Guédez y muchos otros autores venezolanos aparecen en las páginas de Celebraciones como protagonistas de breves textos en los que se congrega la certera reseña literaria y la sabrosa anécdota.

“Soy dueño de la inmensa fortuna de tener buenos amigos, cuyas obras son imposibles de obviar a la hora de escribir, discernir, sobre el cine y la literatura nacionales: gente de honor y trascendencia, a toda prueba, que han dado ‘frutas del sol a todos los oscuros’ ”, dice Pérez en una de las crónicas incluidas en el libro.

Nacido en la población apureña de El Samán en 1951, Pérez es director-fundador de la revista literaria Icam y del sello editorial del mismo nombre. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio de Poesía de la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Ezequiel Zamora (Unellez, 1987) y el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV, 1991). Entre sus poemarios se encuentran Los gestos tardíos (1975), El libro de Barinía (1985), Marca (1984), Olor de amor (1995), Como si valiera un siglo (1996), Retrato de memoria del corazón de una mujer (1997), Un poeta como yo (2006) y la antología poética El poeta de quien les hablo (1999).

Jorge Gómez Jiménez, revista Letralia. Calle La Victoria, Nº 03-16. Urbanización Francisco de Miranda (Fundacagua). Cagua 2122, estado Aragua (Venezuela).

Entrevista realizada por Ana Berta Lopez a Alberto Jose Perez

Amorosamente apasionado, no es de los que disfrazan las cosas; al contrario, diría que es brutalmente franco para el gusto de muchos. Directo. Crudo. Alguien con quien ciertamente se sabe qué terreno se está pisando, llanero de pura cepa nacido en Apure y viviendo en Barinas, Alberto José Pérez es todo un personaje particular e inolvidable. Nos conocimos en el Encuentro Binacional de Escritores de Colombia y Venezuela en agosto de 2006, en Cúcuta. Año en que estuvo especialmente nutrida la delegación venezolana. Desde ese momento ha surgido entre nosotros una bonita y cálida amistad. Su espontánea franqueza, o viceversa, hace que parezca un niño grande (y muy grande pues es un hombre de elevada estatura). Un ejemplo de ello es su respuesta cuando le inquirimos sobre qué hace en sus ratos libres: “Siempre estoy haciendo algo aunque sea mentando madre en silencio”. Se describe a sí mismo como buen padre, abuelo y amigo, generoso pero muy malcriado.

Poeta, editorLibro Literatura, comentarista literario. Entre los premios obtenidos por su obra destacan: el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela en 1991 por Homenajes y el Premio de Poesía de la Universidad Ezequiel Zamora en 1987 por El espejo y la memoria, tiene publicados siete libros más. “Desde muy joven he tenido diversos trabajos, que me han permitido vivir como he querido. No se puede desvincular el trabajo de la vida ciudadana ni campesina. La vida como el amor es construcción. Tampoco han interrumpido mi escritura, al contrario, la han fortalecido, cada día es más placentero trabajar, lo hago con alegría y como con mucho más placer”, afirma este prolífico poeta. En cuanto a planes a corto plazo quiere resolver algunos compromisos familiares y darles la lectura final a sus más recientes libros, titulados Mi caballo azul y Memorial de unos días bonitos, a mediano plazo quiere volver a España y a muy pero muy largo plazo morirse.

No cree que la poesía esté en crisis: “jamás”, dice enfáticamente. “En crisis están los que escriben versos, mas no la poesía. No sé si recuerdas aquellos famosos días de los ochenta cuando aparecían genios de la poesía a cada hora. Qué pasó, nada, murieron al nacer. La poesía es un asunto de vida y no de agarrar cuatro vocales y este es mi libro. De esos años quedaron los que eran y yo los leo y celebro con alegría”. Pero sí la considera terreno de una minoría: “Es como todo lo que se refiere al conocimiento humano. La poesía, en la Grecia antigua, era de utilidad pública; yo tuve maestros que en el aula leían poesía e insinuaban cultivarla como oficio a aquellos que veían con posibilidades o, como dicen ahora, talento. Siempre será de minorías. No hay que confundir la arenga política versificada con la poesía”.

Un hombre cuya filosofía consiste en “saludar a los muertos que creen que están vivos; dejar que los demás hagan lo que les apetezca, celebrar a mis amigos y como el vallenato desde mi Casa en el Aire, mirar el paisaje humano”. Católico mas no curero, cree en Dios, la Santísima Virgen y las Tres Divinas Personas. De Dios piensa que es un jodido porque no perdona pero un gran jefe al que obedece y con quien habla siempre. “La vida es hoy”, dice. “Y mis semejantes sólo eso, mis semejantes, y los sentimientos depende cómo se cultiven para que crezcan en belleza y amor”.

Con una infancia bonita, vivía en el paraíso: muchas aves y animales, un río, anzuelos y el amor de sus mayores. Seguro que este es el origen de su afectuosidad. Aunque el amor ha sido un camino bastante tortuoso para Alberto José, de hecho sobre ese tema expresa: “Paso y gano; dolores, dolores, estafas, estafas y las más de las veces yo he provocado todo. Bellas, mis princesas, yo las recuerdo y rezo por ellas”, y aunque su sensibilidad emocional lo torne sumamente susceptible a las fallas humanas es quizás la misma fuerza que lo nutre para escribir su poesía y afirmar: “Yo soy poeta y mis caminos son infinitos. Cada día me gusta más lo que escribo. Ahora mismo trabajo las figuras que distingo en el cielo entre las cinco y siete de la tarde, me fascina observar lo que la vista me permite, el cielo, desde el patio de mi casa. Yo observo, pienso, pienso mucho, siempre estoy pensando, hasta que siento muchísima necesidad de escribir, al punto que me enfermo si no lo hago. Me dan calenturas y me arrecho con mucha facilidad y no duermo. Esto ocurre cuando lo que voy a decir es fuerte y no duermo hasta que le doy el perfil, sereno, humano, que yo, como poeta, considero debe tener el poema aun si es doloroso y amargo. Yo soy un inspirado, resido en mi vida”.

Este es Alberto José Pérez, el poeta del que les hablo…

Entrevista realizada por: Ana Berta Lopez

La poesía de Alberto José Pérez por Luis Alberto Crespo

“Yo soy del Samán de Apure, poeta”, me contestó aquella mañana, no sé dónde, pero no me corro que sucedió en medio del sofoco barinés, cuando todos lucíamos cabellos oscuros y delgada silueta. Era su primera aparición en mi recuerdo, pero desde entonces Alberto José Pérez ha mudado poco de apariencia: espigado, la sonrisa escasa, la mirada de gavilán (“soy un buen gavilán”, me repite la memoria en uno de sus poemas, o algo así), casi siempre bajo la fronda de la plaza Zamora y casi nunca en las gradas del espectáculo de la nombradía.

Quienes íbamos a Barinas imaginábamos hallar en la ciudad embalconada sobre el altozano andino y la mirada sobre el estribo de la tierra llana a algún poeta con apariencia y motivación próximas a Arvelo Torrealba y a Enriqueta Arvelo (la palma, la copla, el filo del mundo, el mastranto, el jinete, el vocablo áspero de soga y espuela) y no esa llanura con nombre de pueblo que es la fe de bautismo de Alberto José Pérez. Todo su talante y la lectura de su poesía, su ser y sus creaciones se resumían en alguien sin lugar visible. Estaba allí, en el centro de la canícula, como un recién llegado y ya presto a partir. Así me lo figuraba —yo todavía lo invento después de nuestro reciente encuentro—, como guardándose u ocultando para sí su educación sensible barinesa y su remota procedencia apureña.

Si hubiera que alinearlo al lado, digamos, de Jesús Enrique Guédez, a quien en silueta y maneras se le adivinaba la luminosidad de Puerto Nutrias o si no lejos de la levantada poeta de Poemas de una pena, nos sentiríamos más que incómodos: su escritura, como su figura física, es de quien habita una ciudad y a ella se debe. Una ciudad, o lo urbano, donde se vislumbra Barinas, pero sin apenas entorno, a lo sumo un ave, el río (menos por donde transcurre que porque es río), alguien, cierta vividura, pues a quien leemos es al hombre que en esos espacios de región o lugar va de prisa —leo en una de sus producciones reunidas en El poeta de quien les hablo— mientras se mira al borde, al filo del mundo, en primera persona, como casi toda su obra, o sea así: “Desde esta vida apurando el paso / acostumbro mis gestos al vértigo / frío penetrante / ritmo de ojos y montaña”.

De ese libro, editado hace un tiempo por la Alcaldía de Barinas, en el que su autor coteja su poética en una revisión antológica, Lubio Cardozo, como es habitual en su perspicacia de envidiable lector de poesía, destaca aquello que define el arte poética de Alberto José Pérez: “La oferta de un vivir convencional por el otro reino, aquel donde el cuerpo no se salvará de padecer los mil infortunios de la cotidianidad a cambio de salvar la belleza, el sueño y el espíritu”. Para intentarlo no tiene tiempo de ser paisajista o de tardarse en el inventario imaginístico del color local: es a él mismo y a él solo al que acude o al tiempo (“Es el tiempo quien me nombra”, anota en un poema), porque hallo en esta antología un reiterado reclamo por verse, por saberse en carne y ansia, enjuiciándose, casi siempre sin perdones o aceptándose, a menudo a pesar de sí. Para ello recurre inclusive al motivo del llamado realismo sucio o a su lenguaje, como que nada le es ajeno a esa averiguación personal con la que —y así lo señala Cardozo en la cita de hace un instante— persigue “la salvación de la belleza, el sueño y el espíritu”. Poco importa que nos moleste la frase escatológica, el puaf ante el lirismo, y se plazca en el residuo o el sucio. De allí, de lo real sustancial e intrascendente, Alberto José Pérez extrae cuanto le permite incorporarse al mundo, heridor, inaceptable, pero a la búsqueda de la imagen que conmueve aun en su rudeza, aun crudelísima, cuando dice: “Acaricio la furia / como a un perro de caza”… “Soy duro como todos los golpes”, pues se sabe “amarrado con hilos de oro”…; o bien cuando se confiesa: “Percibo la ruina / en el ojo de la perdiz” y sostiene que “un hombre se pierde / mientras mira desprevenido / el día en que vive”…; y está ella, la amada, en su propio ser, y de esta suerte lo expresa: “Abro puertas y ventanas / para que entren flores de Apure / y Alberto José Pérez / clave una bandera amarilla en sus ojos”; o en su corazón, “que cuando la nombro / tiembla con tierra y todo”.

Ríe poco el poeta apureño de Barinas callejeando por la ciudad de José León Tapia o en los mentideros de los bares donde viven los seres gravemente sentimentales. Con tierra negra de tabaco en su boca y con vino ardiente de cañaveral en su palabra me mira y vuelve a declinar su origen de ninguna parte: “Yo soy del Samán de Apure, poeta”. Del mundo, se entiende.