Señales

Amo los viajes nocturnos

los momentos de aproximación a las ciudades

el gran fuego de la carne cuando el beso

la fuente del fondo de mi risa

las nubes que sueñas

Barinía

en la alta montaña

mientras los ríos llevan hasta nunca el sabor de la tierra.

amo y repito a cada instante

el lenguaje de los músicos anónimos

cuando reaparecen los días

que me recuerdan enamorado

amo los tiempos de mi vida apureña

las idas y venidas de las aves acuáticas

mi retrato de sorprendido transeúnte

mirándome tan fuerte

pero todas las distancias terminan en mi corazón

como toda ola vuelve a ser el comienzo del mar

La poesía de Alberto José Pérez por Luis Alberto Crespo

“Yo soy del Samán de Apure, poeta”, me contestó aquella mañana, no sé dónde, pero no me corro que sucedió en medio del sofoco barinés, cuando todos lucíamos cabellos oscuros y delgada silueta. Era su primera aparición en mi recuerdo, pero desde entonces Alberto José Pérez ha mudado poco de apariencia: espigado, la sonrisa escasa, la mirada de gavilán (“soy un buen gavilán”, me repite la memoria en uno de sus poemas, o algo así), casi siempre bajo la fronda de la plaza Zamora y casi nunca en las gradas del espectáculo de la nombradía.

Quienes íbamos a Barinas imaginábamos hallar en la ciudad embalconada sobre el altozano andino y la mirada sobre el estribo de la tierra llana a algún poeta con apariencia y motivación próximas a Arvelo Torrealba y a Enriqueta Arvelo (la palma, la copla, el filo del mundo, el mastranto, el jinete, el vocablo áspero de soga y espuela) y no esa llanura con nombre de pueblo que es la fe de bautismo de Alberto José Pérez. Todo su talante y la lectura de su poesía, su ser y sus creaciones se resumían en alguien sin lugar visible. Estaba allí, en el centro de la canícula, como un recién llegado y ya presto a partir. Así me lo figuraba —yo todavía lo invento después de nuestro reciente encuentro—, como guardándose u ocultando para sí su educación sensible barinesa y su remota procedencia apureña.

Si hubiera que alinearlo al lado, digamos, de Jesús Enrique Guédez, a quien en silueta y maneras se le adivinaba la luminosidad de Puerto Nutrias o si no lejos de la levantada poeta de Poemas de una pena, nos sentiríamos más que incómodos: su escritura, como su figura física, es de quien habita una ciudad y a ella se debe. Una ciudad, o lo urbano, donde se vislumbra Barinas, pero sin apenas entorno, a lo sumo un ave, el río (menos por donde transcurre que porque es río), alguien, cierta vividura, pues a quien leemos es al hombre que en esos espacios de región o lugar va de prisa —leo en una de sus producciones reunidas en El poeta de quien les hablo— mientras se mira al borde, al filo del mundo, en primera persona, como casi toda su obra, o sea así: “Desde esta vida apurando el paso / acostumbro mis gestos al vértigo / frío penetrante / ritmo de ojos y montaña”.

De ese libro, editado hace un tiempo por la Alcaldía de Barinas, en el que su autor coteja su poética en una revisión antológica, Lubio Cardozo, como es habitual en su perspicacia de envidiable lector de poesía, destaca aquello que define el arte poética de Alberto José Pérez: “La oferta de un vivir convencional por el otro reino, aquel donde el cuerpo no se salvará de padecer los mil infortunios de la cotidianidad a cambio de salvar la belleza, el sueño y el espíritu”. Para intentarlo no tiene tiempo de ser paisajista o de tardarse en el inventario imaginístico del color local: es a él mismo y a él solo al que acude o al tiempo (“Es el tiempo quien me nombra”, anota en un poema), porque hallo en esta antología un reiterado reclamo por verse, por saberse en carne y ansia, enjuiciándose, casi siempre sin perdones o aceptándose, a menudo a pesar de sí. Para ello recurre inclusive al motivo del llamado realismo sucio o a su lenguaje, como que nada le es ajeno a esa averiguación personal con la que —y así lo señala Cardozo en la cita de hace un instante— persigue “la salvación de la belleza, el sueño y el espíritu”. Poco importa que nos moleste la frase escatológica, el puaf ante el lirismo, y se plazca en el residuo o el sucio. De allí, de lo real sustancial e intrascendente, Alberto José Pérez extrae cuanto le permite incorporarse al mundo, heridor, inaceptable, pero a la búsqueda de la imagen que conmueve aun en su rudeza, aun crudelísima, cuando dice: “Acaricio la furia / como a un perro de caza”… “Soy duro como todos los golpes”, pues se sabe “amarrado con hilos de oro”…; o bien cuando se confiesa: “Percibo la ruina / en el ojo de la perdiz” y sostiene que “un hombre se pierde / mientras mira desprevenido / el día en que vive”…; y está ella, la amada, en su propio ser, y de esta suerte lo expresa: “Abro puertas y ventanas / para que entren flores de Apure / y Alberto José Pérez / clave una bandera amarilla en sus ojos”; o en su corazón, “que cuando la nombro / tiembla con tierra y todo”.

Ríe poco el poeta apureño de Barinas callejeando por la ciudad de José León Tapia o en los mentideros de los bares donde viven los seres gravemente sentimentales. Con tierra negra de tabaco en su boca y con vino ardiente de cañaveral en su palabra me mira y vuelve a declinar su origen de ninguna parte: “Yo soy del Samán de Apure, poeta”. Del mundo, se entiende.

Alberto José Pérez, su Idea de Poesía, Por: Lubio Cardozo

El trovador, la poesía, faz a faz. Encara, con lata experiencia intelectual junto a un capital de vivencias recogidas a las orillas de la calzada por el andariego, la ódica; la inquiere, la sacude con vigor de alma en las estrofas de dos cuadernos separados por una década: Como si valiera un siglo (1996), Un poeta como yo (2006). Constituye el primero un pequeño libro un tanto desigual en sus decires melódicos, aunque en el más de las composiciones el habitual ludismo verbal de este bardo cede el espacio de las páginas a inquietudes en torno al sentido óseo de su propia lírica. Acoto, en respeto a la verdad, los siguientes: el pensar sobre el sacro misterio de la belleza emanante de los versos, el continuo de los escritos de este aedo de los llanos venezolanos.

Por lejos que me encuentro
del día
en que vivo

no desmayo
mirándome envejecido

a veces piedra me veo
y no recuerdo
la periferia donde he vivido
amándome en ti
poesía
que ni muerte me has dado.

(P. 20).

Con mayor vehemencia a la par de erguida serenidad, de nuevo el cantor, al través del ritmo airoso de sus vocablos, confronta a la lírica en Un poeta como yo, cual una dulce fatalidad la pertenencia absoluta en lo profundo de su ser, de su singularidad, a la poesía. Lo ha llevado de la mano ella por los pasadizos del laberinto de sus cincuenta años de andariegar por “el país de los mendigos” (p. 24), para extraviarlo a veces, otras para salvarlo.

Tanto se ha dicho de la poesía
Y los poetas
Que ya no me ocupo de tales asuntos

Y de enero
Con sus noches frías
Tampoco

Habito en la flor de bora
Del río de mi vida
Y marzo muerde mis pies

Abro mi corazón
Y pienso
Cierro los ojos
Y pienso
(…)

(p. 23).

Tómese al voleo, tal un reto, lo afirmado en la primera estrofa. En realidad, ¿qué es la poesía, su quidditas? ¿quid est res poesis? Afirmo desde el extremo de mis setenta y dos años: la poesía es el espíritu de la Tierra tierra (cuando digo Tierra tierra por supuesto al universo incluyo). El manifestarse, el mostrarse, el alumbrar (en fin, el phaínoo de los griegos aquellos) su espiritualidad. Grita la madre Gea su poesía —aunque parecieran no oírla así, ¡la fulana descreencia!— a través de las formas y las voces de sus criaturas, los cerros, los altos riscos —¡la amadísima sierra nevada de Mérida, bellísima cordillera genesíaca!—, los ríos —¡el Orinoco!—, las nubes, los padres árboles, los mares, la cromaticidad de las flores en las mañanas veranosas de los andes venezolanos, el croar de las ranas, el rugir del tigre, el trino de los pájaros, los versos del humanus. Pero éste a la tierra íntima del cuerpo por los vericuetos de la confusión de la aventura la arrastra, la enriquece en unas, en otras las pervierte, la mezcla con el delirio de su deambular, la embarulla con sus pasos, por eso cuando ella canta allí, deja oír las odas del soma, va en verdad el acontecer de la Tierra tierra en el vate, el vaticinador, o mejor, porta él la historia de su personal arcilla. Sin embargo la madre Gea al trovador jamás en el reposo de su escritura lo abandona en su soledad, en tales horas siempre la apertura de la mayor fuerza imaginativa le reclama para donarle así el oro esencial, el dorado color sacro de la lírica. Difiero —humildemente— de Aristóteles en su Poética sobre la perspectiva originaria de la ódica, para mí nunca reflejará de manera apodíctica, miméticamente la fisicidad (la physis, conceptio rationalis), afirmo más bien: la poesía en la cadencia de sus tonadas, en la eufonía de sus composiciones, vierte el espíritu de la Tierra tierra por la voz del cantor, del poeta (conceptio orphicus). Creo interpretar con los vocablos dichos la semántica de este hermosísimo poema absoluto del juglar Alberto José Pérez,

El caracol

Lentísimo el caracol
Dibuja su huella en la arena

Respiro hondo
Cuando abre las pestañas
Del océano

Y se va silencioso
Por ese ojo inmenso del planeta
Que dudo en mirar
A otra parte
El caracol
¿Conocerá el miedo?

(p. 9).

Después de Un poeta como yo (2006), AJP otros textos ha editado, de ellos dos hay, hasta el presente (2011), en los cuales el escritor ostenta su holgado mester de la elocución lírica, quizás alcanzó la pleamar en su alongada experiencia literaria: Confesionales (2008), En la alta noche (2010). En su discurrir melódico cuanto ya se afirmó a lo largo de estas páginas en ellos lo ratifica. Mas, a manera de un primer toque de pista en este largo aterrizaje inconcluso queda una pregunta aún sin responder: ¿cuál es la Idea de poesía en Alberto José Pérez? Infiero: para este trovador, por sobre la multiplicidad, la heterogeneidad, de la delirante romería, sólo en verdad substancializa su existir la ódica. Bien lo expresa en tres versos con los cuales a su vez rubrica su identificación con uno de los tantos gratos rasgos enfáticos definidores de los grandes poetas llaneros ya mencionados, la pulchritudo maiestatis, cuya tradición concluirá definitivamente con Alberto José Pérez. En su compasión “Mi canto”, escribe,

(…)
Nadie sabrá del planeta de la palabra
Como yo
Ahí moraré como un trueno en una ceja de monte

(En la alta noche, p. 35).

Alberto José Pérez, su idea de poesía IV

(…) “Y me lanzan de nuevo a la aventura de
los caminos”.

Sófocles, Edipo en Colono.

Canta a sí mismo el trovador en Marca (1994), lejos, por supuesto, de cualquiera actitud narcisa. “Rompo amarras / me echo sobre hoy” (p. 11). Defiende este profeta de las Musas, de manera sutil, el historiador del caballo de su soma en medio de la brega, sobre las vicisitudes de la intrincada comarca de sus circunstancias. Opúsculo donde Alberto José Pérez, sin salirse de lo sugestivo de las estrofas, el pesaroso a la par de confuso carretear por sus afectivos entornos geográficos explica. Rinde cuentas a su tribu de las acciones trenzadas con sus años e identificadas espiritualmente con los pobladores de los llanos de su ventura. Revelación desde dentro convertida en voces, en cantos, una ódica del juglar brotada del paisaje humano uncido a las provincias por donde él ha deambulado sobre el potro del dolor, de la furia. “Animal puro soy / mantengo un trozo de guerra en los ojos” (p. 18), “acaricio la furia / como a un perro de caza” (p. 20), “Ladro algunas veces / como defendiendo / un pedazo de hueso / asoleado” (p. 21), Marcatambién traduce en su armónico conjunto de estrofas un mediante las cuales el vate exorciza la amenaza del alud de la noche —jamás la bella dama de voláceo pelo obscuro en cuyo seno retozan las estrellas, sino la ensamblada de alevosos golpes acechantes en la encrucijada de la errancia. Decidió, en fin, el poeta, espantar con las lanzas de sus versos los sórdidos ruidos avizorados en la intemperie de la temporalidad. Hermosa oración ésta de la página 19, recuerda las dulces auras de aquel Francisco de Asís,

Tantos incendios me han consumido,
que ya sólo soy una canción.
Quédate
avecilla,
mis árboles son tuyos,
tómalos.
También tengo para ti
miel,
frutas frescas
y mangos,
mi andar parsimonioso.
¿No has visto que tengo ríos?

Alberto José Pérez, su idea de poesía III

En El libro de Barinía (1984), el trovador en un altozano de sus días se detiene, la brújula del destino de su peregrinaje en ese instante revelador escruta. Ha mostrado la angustia ahora su pálido rostro en el espejo donde el cantor acude para cerciorarse de sí uncido a su canto con la existencia, con la temporalidad. El relámpago de la congoja, del pesar, ese celeste atardecer, sacuden, enhebran lejanos truenos esta aflicción del ánimo,

Auto-retrato

Tengo lo que no tengo
y por tenerlo me espanto
palabras metálicas
que no conmueven
una canción
que no logro aprender de memoria
un viaje sin punto de partida
treinta años y un montón de versos
que tan sólo roban espacio a las sombras
que precedo.

Iniciar el romeraje por el reino de la poesía implicaba, más allá del regocijo de las estrellas en el paisaje de la noche, de la mujer (las ellas, esas dulces quemaduras en el rumbo), de la euforia de las fuerzas silvestres desatadas en el soma ante el reto de las efectivas estancias, reclamaba dignificar la transmutación de esas vivencias en una creatividad —poietiké— a la cima del humano —no del inhumano— con la verticalidad de los padres árboles, con la fortitud de las saetas del azul celeste: los gavilanes. Había de esperar por eso, en algún puñado de días, el óseo diálogo entre el trovador y su existencia. Apuntan a ello versos tales, “de que el rocío / lama mi faz / de moribundo comedor de piedra” (p. 9), “la sed del grande perro corazón mío” (p. 13), “que aquí viene el olvido a buscarte / como cualquier cosa que no vale nada” (p. 13), “he arribado a la cima / al comienzo de las cosas / de nuevo frente a lo desconocido” (p. 27), para aterrizar en uno de sus poemas paradigmas del libro,

Tanguillo

Qué es lo que siento ahora
que masco tierra
será así como se anuncia el silencio
lo efímero que soy.

Detenerse en un alcor de su temporalidad para Alberto José Pérez significó un requerimiento de su misma trova, imperioso para vislumbrar en la esperanza de la ruta del romero, sub lumen solis.

Las mencionadas afecciones, dudas, angustias, pesares, desesperanzas del bardo en su psiquis maduraron para desembocar casi diez años después en una larga alegoría conformadora de dos poemarios, Homenajes (1993), El espejo y la memoria (1993), Vívida alegoría de enhebradas metáforas hecha, tropos macizos a la par de laboriosos por cuanto cada uno sobre la arquitectura de su poema yace. En el primer opúsculo, cual lo puntualiza su rótulo, la urdimbre de los versos de cada composición conceptualiza un afecto, un recuerdo, un grito por personas muy queridas; en el segundo el viento de la libertad por las páginas del pequeño libro se cuela para despejar el ser de dicha alegoría en ambos textos, ese ser tristeza se nomina.

El tiempo obliga

Voy a encontrarme contigo

Te llevará cartas y recuerdos de
Familia,
Hablaremos de lo de antes
Cuando estabas con nosotros.

Tus pertenencias están en el mismo sitio,
Los pájaros no han vuelto,
Los perros se murieron
Y los caballos también.

Por eso voy a encontrarme contigo.

Ya las cosas no son iguales,
El tiempo obliga,
La vida es así.

(El espejo y la memoria)

¿Qué impele al desocultamiento de la melancolía en el poeta? Martin Heidegger, en su tratado Caminos de bosques (Madrid, Alianza, 1998, p. 238), una frase patética ante los ojos del lector colocó… “A qué lugar del destino de la noche del mundo pertenece al poeta”. Cuando la ódica definitivamente del espíritu del hombre (o mujer) se posesiona —“La poesía es el río que me inunda / cuando tengo el mundo a un paso / y digo que estoy perdido” (Homenajes)—, emprende éste la búsqueda para tratar de hallar en el caos de la aventura aquella sublime Idea latente en la brújula del corazón puro (la kalokágathía de aquellos lejanos griegos), “lo bellobuenoverdadero es deífico, y todo lo análogo, ello nutre y fortifica las alas del alma”; Platón, Fedro (México, Porrúa, 1972, p. 637).

A alguien espero…
Alguien que no sea mi rostro

Una mañana
Un golpe de suerte
Que aísle la sangre
Que recree las sombras
Y las vierta
Como capa de viento.

(El espejo y la memoria, p. 7).

Toparse con relativa certeza el sendero señalado por el mandato divino de la Idea fácil nunca resulta en medio de la insoslayable confusión de los días. Con frecuencia el fulgir de la seña, de la cifra, ante el torbellino de los placeres de la vividura, se oculta, se pierde. Mas el cantor, altivo personaje en el reino de su silencio, deberá escoger entre la voracidad del dragón de la miseria de la temporalidad o la otra oferta, la mesticia, algunos optan por ésta. Emerge entonces entre las brumas de la creatividad la lírica de la tristeza.

En mi pueblo no tuve más diversión
Que el río
Una diversión que se convirtió
En culto al lenguaje del agua

Hasta ahora mi primera y única fiesta

En la ciudad
Sólo formas muertas
Mi sombra escondiéndose
Con sigilo de mariposa
En el espejo y la memoria.

(El espejo y la memoria, p. 30).

En la pulchritudo cantici de la literatura venezolana contemporánea, quienes con más agonía sus trenos han lanzado a los vientos “del destino de la noche del mundo” han sido, en cadencia elegíaca, José Barroeta (“Amo más la tristeza / que la palabra”. Culpas de juglar, 1996, p. 15), en armónica sonoridad alegórica Alberto José Pérez.

Alberto José Pérez, su idea de poesía II

El oro, lo único tangible puro; la poesía, en la dimensión de lo intangible, lo equivale. El Ser del poema la poesía es, lo demás a la prosa atañe. En los anaqueles de mi humilde biblioteca trece poemarios de Alberto José Pérez, al inicio del 2011, reposan. La inicial composición de su primer opúsculo lírico, Los gestos tardíos (1975), posee una metáfora vanguardista la cual ya predice al caro trovador al inicio de la maravillosa aunque difícil cuesta, dice: “El perro desnudo de la noche” (p. 7). Para el inteligente teórico de la literatura en la clasicidad tardía, Casio Longino (s. III d.c.), el delicado encanto de lo poético nunca cubre toda la composición sino apenas un momento —unos versos, una estrofa o una mera palabra— el cual el lector, mediante su mirada sabia, detona, irradiáse de inmediato así su carga lumínica y envuelve ésta la oda, la hace poética. En su exquisito tratado De lo sublime (Peri ypsous, se manejó la edición: Buenos Aires, Aguilar, 1972), Longino ubica ese espacio donde lo poético espera en el escrito lírico a su lector para al través de él explosionar su carga de belleza e iluminar el todo: hállase ese locus en los recursos expresivos artísticos del lenguaje literario, sea una metáfora, una hipérbole, una perífrasis en fin, o ya en lo patético de la elocución (entusiasmo, emoción, pasión) o ya en el superior grado intelectual de la revelación de la verdad, de un concepto sorprendente. Podría resultar un buen báculo para andar, a la par de disfrutar, por el bosque de la palabra encantada de Alberto José Pérez la obra de Longino. Por cuanto el bardo barinés de Apure con su innata creatividad supo separar el grano de la paja para salvar del naufragio de la escritura de esos años la poesía. Por ejemplo, sólo en los cuatro versos finales de “Jugamos”, del mencionado primer opúsculo, lo sublime revienta (p. 39),

Jugamos
a cada rato
y a cada rato perdemos
mientras tanto
una hiena
vigila los colores
que se tejen
en el cielo.

De igual manera cabe citarse: “Antes de vestirnos los ojos de relámpago” (p. 29), “El viento lee / en los ojos de la noche” (p. 51).

(…)
Ya
no
seríamos
tristes papagayos
buscando la libertad
estirando la cola
sobre cualquier
colina

(p. 59)

Mas Longino, discípulo en el tiempo de la Poética de Aristóteles se mantuvo fiel, en sus concepciones teóricas sobre la belleza del epos literario, al racionalismo del estagirita —ese gigante arquitecto de la lógica (Werner Jaeger, Aristóteles)—, por eso él llegó sólo hasta los tropos, las figuras, lo patético, lo gnómico, cual depositario de la sublime del discurso escrito, se quedó pues en la pulchritudo rationalis. Por su misma herencia intelectual soslayó el plantearse, el preguntarse, la naturaleza esencial, más allá de la armazón lingüística, de dichos tropos o de las figuras literarias; esquivó indagar, fuera del sendero racional, ese sobrecogimiento recóndito, ese arcano capaz de producir el éxtasis en el lector. ¿Dónde reside ello, esa quidittas? ¿Quid est res poesis? Tal vez los escritores órficos, tal además los pitagóricos, contemporáneos en distintos tiempos de Aristóteles como de Longino, algunas respuestas a dicha interrogación dilucidarían. Por salirse del ámbito racionalista ni los órficos ni los pitagóricos jamás fueron incluidos en los registros, en la casuística, en los ejemplos citados cual respaldos en la Poética, en la Retórica, tampoco en De lo sublime. Se les negó por entonces título de existencia a la pulchritudo orphica.

Sólo dos mil años después, cuando Sigmund Freud sus libros cardinales sobre la oniria publica, se pudo profundizar, capturar —arrimando a un lado el ensamblaje lingüístico— la naturaleza de la metáfora, valga decir de los tropos. En su obra ejemplar La interpretación de los sueños, resumida aunque con nuevos aportes años después en Los sueños (se utilizaron las Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1996, t. I), categóricamente Freud la esencia del plano evocado —conocido entre los lingüistas con el nombre de eje paradigmático— de los tropos descubre: éste se nutre de los sueños. La complejidad de la oniria, ese torbellino hecho del maravilloso desorden de los registros memoriales, de remembranzas, de reminiscencias de disímiles procedencias donde la logicidad —lo rationalis aristótelico— queda excluida, esa oniria pues entraña en su grado puro lo nominado por Freud “las ideas latentes”, éstas cuando el humano retorna de la vigilia persisten en el presente de la conciencia en un horizonte específico de ocultación/revelación (nivel fantástico, misterioso) para reaparecer con su brillo, cual un estallido, en los momentos de la poietiké del artista, ocupan el más denso ámbito —el óseo— de la creación. Puntualiza Freud: “Las primeras ideas latentes que el análisis revela suelen extrañar por su poco corriente apariencia. No parecen presentarse en las tímidas formas expresivas de las que se sirve preferentemente nuestro pensamiento, sino que se muestran representadas simbólicamente por medio de comparaciones, metáforas, como el lenguaje poético, rico en imágenes” (p. 736). Alucinaciones benignas formadas en las catacumbas del espíritu por donde emana la anamnesis platónica, resorte en buena medida del poema. Aproxima, entonces, este descubrimiento freudiano a los portones de bronce detrás de los cuales se oculta/revela el ser de la ódica, abre Freud la ventana para “ver”, en la cognición heideggeriana (salir al “estado de abierto”, a la “iluminación”, a la intemperie), la pulchritudo obscura, la lírica pura tejida con las cabelleras doradas del hechizo…

Asoma así, después de cuanto se ha escrito en las afirmativas anteriores líneas, una imperiosa aporía: ¿en cuál de estas dimensiones yace la realidad, en el sueño o en ella misma tal la entendemos? Si en la del sueño, luego éste constituiría la realidad. Pero siempre quedará el margen onírico, obviamente. Mas al tiempo se retornará a la misma duda aunque invertida, ¿en cuál de estas dimensiones yace el sueño, en la realidad o en él mismo tal lo entendemos? Difícil salir por la vía horizontal, traspasar el lindero de esta circunferencia. Por eso el poeta en ese círculo un anfiteatro levanta para escenificar su tragedia o su comedia, un escape vertical hacia el cielo terrestre, el sacro misterio de la belleza. Ciertamente esto ya, en un nivel órfico, en la basal lengua griega clásica Platón en el Fedro, a sus alumnos lo había anunciado: “Quien intente aproximarse al santuario de la poesía sin estar agitado por este delirio que viene de las musas, o quien crea que el arte (-tékhne) sólo basta para hacerle porta, estará muy distante de la perfección: la poesía de los sabios se verá siempre eclipsada por las odas que respiran un éxtasis divino” (México, Porrúa, 1972, p. 636).

Vagará, ahora sí, el lector con este mapa —¡o puzzle!— en la mano, por el laberinto de los versos del juglar Alberto José Pérez.

Alberto José Pérez, su obra poética y crónicas de libros