Alberto José Pérez, su idea de poesía I

Dorado, el color del oro, éste lo único tangible puro; la poesía, en la dimensión de lo intangible, lo equivale. Es el ser del poema la poesía, lo demás a la prosa pertenece. Han salido de los llanos venezolanos significativos poetas, aportativos en el hilvanado de la cultura humanística del país. Con su obra lírica un estrato literario singular dignísimo conformaron. Con su escritura culta, de variada fabulación, de temática rica en sus múltiples ángulos de pensamiento, en un lenguaje de alta exigencia, crearon sus cantos de elevado nivel cual una continuación en su sugestividad, en sus emociones, de la respetuosa tradición genuina, nativa; pareja en su precio histórico esta ódica fijada en la letra de aquella otra, la épica del siglo anterior hecha mediante el valor, la temeridad, las lanzas, la guerra heroica registrada no sólo ya en la poesía sino en el acontecer estructurante de la patria…

“como centellas/ aparecen los jinetes/ que un día estremecieron el mundo”

(A. J. Pérez, En la alta noche, 2010, p. 42).

Reveló a los venezolanos la solariana melodía de los llanos con sorprendente fuerza descriptiva, por primera vez, Francisco Lazo Martí (1869-1909), timonel del nativismo lírico. Más allá de la épica realizada sobre ese extenso territorio —Las Queseras del Medio, Mucuritas, Mata de la Miel, por los varones Páez, Zaraza, Aramendi, Pedro Camejo, uncidos a los caballos, las lanzas, las espadas para escribir con la sanguínea tinta de la valentía la literatura del fragor—, alumbra Lazo Martí otras estampas de la fisiografía de ese espacio ocupante del corazón de Venezuela: la hermosura de las planicies de Calabozo, la gente, la flora, los animales —sativos o silvestres—, su suelo, su cielo, el verano, las lluvias, junto a la existencialidad del bardo mismo, con un lenguaje prestado al relámpago, el trueno, al fuego celeste de esas llanuras del centro de la nación. Rotuló sus cantos en las páginas de muchos gratos sonetos pero súbditos éstos alrededor de una composición central, La Silva criolla (1901). Nacieron un poco más allá al este de Calabozo, en los nominados llanos orientales, dos cardinales trovadores, en Cantaura, Mercedes Guevara Rojas de Pérez Freites (1885-1921), José Tadeo Arreaza Calatrava (1885-1970) en Aragua de Barcelona. Mirando ahora hacia el oeste, la lírica de los altos llanos occidentales tres nombres la honran: de Barinitas, Alfredo Arvelo Larriva (1883-1934), Enriqueta Arvelo Larriva (1901-1963), de Barinas (la ciudad) Alberto Arvelo Torrealba (1905-1971). Cierra este brillante ciclo de la ódica de los llanos un cantor de la misma cepa nacido en 1951 en el pueblo de El Samán del estado Apure, Alberto José Pérez, hoy por hoy en Barinas residente.

¿Por qué usar el vocablo ciclo para esta generación colocada holgadamente en el tiempo? Salieron a la vida en comarcas situadas sobre una peculiar fisiografía la cual matizó de alguna forma sus versos, en unos más en otros menos. Con excepción del último escritor mencionado, sus obras se ubican en el siglo veinte, diez décadas cuando Venezuela un perfil definido de la contemporaneidad del mundo occidental adquiere. A partir del presente siglo veintiuno distinta silueta intelectual pareciera comenzar a dibujarse en el país. ¿Se puede hablar entonces de homogeneidad generacional en ellos? Quien esto pergeña así lo concibe: encima de la raíz de la sólida tradición literaria nacional, regional, ellos su creatividad genuina irguieron al percibir la lírica cual una santa continuidad venida desde Grecia —Safo, Arquíloco, Píndaro—, reimpulsada hacia el oeste europeo durante el Imperio Romano —Virgilio, Horacio, Ovidio, Tibulo, Propercio. Helenismo, latinidad uncidos en la estructuración esencial —material, espiritual— de Occidente, volcaron en ese espacio humano los tesoros de sus saberes, de su artisticidad. Con la conquista española de “las regiones equinocciales del Nuevo Continente” ninguna de estas riquezas espirituales llegó. Así como la lengua era, según Nebrija, compañera del imperio español, también lo fue de la ignorancia bien inoculada, bien administrada (“nos dominaron más por el engaño que por la fuerza. La esclavitud es la hija de las tinieblas”: Bolívar, Discurso de Angostura, 15 de enero de 1819). Durante la Guerra de Independencia, luego en plena existencia republicana democrática, arribó a la América de habla castellana el helenismo, la latinidad, Occidente. Y ya hoy toda esa inmensa geografía cubierta por el manto del Occasus, las dilatadas regiones donde el Sol se pone, conforma la Grecia de contemporaneidad; la vieja amada Hélade o Hellas singularizaría sólo el omphalós, el umbilicus, de la nueva, de ésta esparcida desde las costas del Mar Egeo hasta la pétrea Cordillera de los Andes y las orillas americanas del Océano Pacífico, las tierras del Occasus… “Intentaremos volver a encontrar el acceso al mundo griego cuyos rasgos fundamentales, aunque escondidos, dislocados, desplazados y cubiertos, siguen siendo los nuestros” (M. Heidegger, Introducción a la metafísica. Barcelona, Gedisa, 1977. P. 118).

Entendieron estos trovadores su noble reto a la hora de la escritura, fundir primero en la compleja psiquis su natividad mestiza brotada en el suelo llanero con el peso cósmico de su dilatada herencia espiritual, artística occidental. Luego ese río de fuego sacro de su alma traducir en versos, en estrofas. Cumplieron. Dejaron en sus inmarcesibles opúsculos la pulchritudo cantici. Apuntadas sus creaciones líricas de cara a lo absoluto, sean cuales sean las vivencias de sus fábulas, los afectos, los conflictos, lo social, lo histórico, lo íntimo, lo familiar, angustias, emociones, pasiones, su pensar, su existencialidad, en fin. Pero intransigentes en la escogencia de la espigada calidad expresiva, formal, de sus composiciones. Los poetas, personajes muy severos en su altivo silencio, optan por la aguzada verdad de sus voces: es el ser del poema la poesía; bizarros al conducir hacia ella la pureza, la valentía espiritual, hasta alcanzar los portones de bronce del sacro misterio milagro de la belleza: el único límite. Ritma Eurípides en Bacantes, cantado por el coro, este verso, “Lo bello es grato siempre” (Madrid, Gredos, 1979. V. III, p. 385). Recreará dicho concepto dos mil años después el inglés John Keats en el inicio de la primera estrofa de su largo poema Endymión: “A thing of beauty is a joy for ever” (Barcelona, Libros Río Nuevo, 1978. V. I, p. 166).

Vigorizaron así, ennoblecieron en múltiples sentidos, ampliaron ellos el mapa de la densa literatura nacional. Trazan, pues, un ciclo, inaugurado en 1901 al salir de la imprenta de Herrera Irigoyen Silva criolla de Francisco Lazo Martí. Lo concluye el epos lírico, todavía en su fase de revelación, de Alberto José Pérez.

Poema – La luna de mi tierra

Poema – La luna de mi tierra

Podría decir que la vida es muy poca
Cuando me paseo
Por los campos y aldeas de mi tierra

Es como un milagro
Todo tan de mi gusto y goce
Que me desnuda en otras angustias

En las noches
La luna
Pasa
Como una flor
Como un beso
Cubriéndome el alma
Como una voz
Diciendo
Amor
Por qué no me escribes.

Poema – En la alta noche

Poema – En la alta noche

Hay quien busca alas en los pies
Alas que sólo una palabra
Dicha a tiempo y con hondura
Proporcionan
Cuando no se proclaman banderas
En el vuelo de un murciélago
Bajo el sol calcinante
De una ciudad de sangre

Como es lógico
La música del mar
Le es ajena
Como la sublime vida polifónica
De un bosque
En la alta noche

En los ojos del corazón del hombre
Es donde están las alas
Por eso el poeta
Por eso es que vuelan muy pocos
No importan telarañas y escombros
Vuelan
Palomas blanquísimas
Con sus ramitos de dolor
En el pico
Celebrando el poema
La vida
En su dulce muerte.

Poema – Una carta

Poema – Una carta

Quise escribir una carta
Bastó la luna
Con su luz de conejos en el patio
Para darme cuenta
Que no tenía las palabras
Para ella

Una carta cuyo destino eras tú

Apenas la fecha
Tu nombre
Y la palabra hola
Quedaron en la inocencia nívea
Del papel
Que yo maltraté
Cuando pensé que darte noticias mías
Sería grato para ti
Di muchas vueltas
En la madrugada
A la idea de escribirte
Que ni Vivaldi con su música
Supo aplacarme

Cambié los espacios de la casa
Pensé en una fotografía grande de Neruda
En la media pared
Donde tú decías
Que se devuelven los demonios
Y al fondo
Una de mi pueblo
Retratado desde la mitad del río
En fin
Creo que la puse más chica

Hablo de la casa
Donde sólo he matado
Serpientes inocentes

Como ves
No escribirte fue bueno
Aunque quería hablarte del café
Los aguacates
Las mandarinas
Las naranjas
Y del cantar de los pajarillos mañaneros
Los grillos
Y de los amigos que han muerto.

Entrevista a Renato Rodríguez sobre Orlando Araujo

Hace ya unos 20 años tuve la oportunidad de conversar con Renato Rodríguez (Porlamar, 1927) sobre la personalidad intelectual de Orlando Araujo (1927-1987), con la intención de recabar testimonios para armar un libro. Me descuidé, sólo pude hacerlo con Renato, en su apartamento en La Pedregosa Sur, en Mérida, donde fuimos vecinos. Cuando toqué otras puertas nadie me abrió, se habían marchado los que yo sabía que como Renato me hablarían de Orlando con honradez y respeto. A continuación transcribo lo conversado con el autor de novelas memorables como El bonche, Al sur del ecuanil, La noche escuece y Viva la pasta.

¿Cuando y en qué circunstancia conociste a Orlando?

 

Orlando_Araujo_Escritor_Literatura

Renato Rodriguez: En realidad yo conocí a Orlando hace muchos años, por los años cincuenta, cuando él era economista y yo comerciante. Yo tenía una oficina en el cuarto piso del edificio “El Nacional”, donde funciona el diario que todos conocemos, pero en ese tiempo sólo ocupaba el primer piso, la planta baja y los sótanos; y Orlando estaba con la Compañía Anónima Venezolana de Alimentos que funcionaba también en el cuarto piso frente a mi oficina. Pero a mí se me olvidó y a él también se le olvidó que nos habíamos conocido y después, muchos años después, como veinte años más tarde lo vine a tropezar: él era escritor y yo contador de historias.

¿Cómo fluyó nuevamente la amistad?

Renato Rodriguez: Por diversas razones he podido cantarle a Orlando la canción de Panchito Rizek, una que dice “te odio y te quiero”.

¿Por qué?

Renato Rodriguez: ¿Por qué? Bueno, por una razón muy simple. Primero: he podido decirle te quiero porque él me rescató del olvido. Yo fui expulsado del Olimpo, del Olimpo venezolano. Me expulsó la OCI, mediante un proyecto que escribió Salvador Garmendia en el año 66 y entonces a él (Salvador) se le olvidó que yo existía. Por eso digo que fue la OCI pero a través de Salvador Garmendia. A mí me dejó muy sorprendido eso porque en primer lugar, fue Salvador Garmendia el que me lanzó públicamente como escritor; la primera persona que me nombró públicamente como escritor fue Salvador Garmendia en una entrevista que le hicieron en El Nacional en el año 62 o 63, no recuerdo con exactitud.

¿Y el te odio?

Renato Rodriguez: Pero a Orlando he podido decirle, también, te odio, bueno, chico, porque resulta que mi mamá peleaba mucho conmigo por cualquier motivo, por ejemplo: una cosa que ella siempre me reprochaba eran los zapatos sucios porque yo jamás limpio los zapatos. Desde chiquito tenía esa cosa, lo primero que me veía eran los zapatos. Esos zapatos están muy sucios, me decía. Y un buen día se me ocurrió regalarle, a ella, un ejemplar de Compañero de viaje y le encantó y entonces cada vez que pelaba conmigo me decía:

—Ya que eres tan escritor, ¿por qué no has escrito nada como Compañero de viaje?

Y la última vez que me lo dijo fue cinco minutos antes de morir, más o menos.

Cuando yo entré al cuarto donde ella estaba recluida, muy enferma, lo primero que hizo fue que me miró los zapatos y repitió lo de siempre:

—Esos zapatos están sucios, ¿desde cuándo no los limpias?

—Mamá. Tú sabes que yo nunca limpio los zapatos, yo no soy político, ni profesor ni financiero ni nada; yo lo que soy es un simple escritor.

Entonces me respondió:

—¿Sí? ¿Si eres tan escritor por qué nunca has escrito nada como Compañero de viaje? —y cerró los ojos y no los abrió más nunca.

AJP: ¿Luego, cómo crecieron en el afecto?

Renato Rodriguez: Mi amistad con Orlando Araujo tuvo una agradable consecuencia, digamos, creo que… sí, porque ya yo tenía en proyecto, medio escrito, un libro que tiene cierto parentesco con Compañero de viaje; contiene cuatro relatos que podrían emparentarse. Pero bueno, yo no lo escribí por eso. En el prefacio explico por qué lo escribí, porque cuando mi mamá empezó con ese castigo, por allá en el año 72, entonces me empeñé en terminarlo. Yo creo que la lectura de Compañero de viaje me dio unas luces, en ese sentido, algunas no, probablemente más de una aunque me cueste reconocerlo, y el libro al cual me refiero está inédito. Es un libro que contiene cuatro relatos y se llama Quanov, ese es un nombre que yo acusé porque oí decir muchas veces que mis libros no llegaban a novelas, que lo que yo hacía eran intentos fallidos. Entonces una vez estaba ley

endo un libro de Isaac Asimov que se llama Introducción a la ciencia y él habla ahí de los cuerpos celestes y nombra una palabra que yo había conocido siempre como una marca de televisores, resulta que no, que “Quasart” es un cuerpo celeste que está en proceso de ser estrella. O sea, casi estrella. Y entonces me dije, nada, ahí está el nombre para lo mío y como lo mío son casi novelas vamos a ponerle Quanov.

¿Cómo te sacó Orlando del olvido?

Renato Rodriguez: Orlando me rescató del olvido, bueno, eso ocurrió porque él dijo una vez que había llegado al conocimiento de mi existencia como autor a través de Juan Rulfo, porque curiosamente yo le caí en gracia a Rulfo, a pesar de que nunca lo conocí personalmente. Las cosas ocurrieron de esta manera: cuando salió Al sur del ecuanil, yo le envié un ejemplar a Teresa Selma, actriz venezolana que para entonces vivía en México, y ella conocía a Juan Rulfo y le pasó el libro y lo leyó y parece que le agradó porque siempre se expresó en buenos términos de mí. Así fue que vino Orlando a enterarse de mí, de que yo existía como escritor. Como dicen: son extraños los caminos del Señor.

¿De qué año me hablas?

Renato Rodriguez: Eso fue cuando vino Rulfo a Venezuela el año 76 a invitar para un congreso de escritores que tuvo lugar en México al año siguiente y entonces quiso invitarme a mí y se encontró con la novedad de que nadie sabía que yo existía, es decir, muchos lo sabían pero se hacían los locos para no quedar mal con la OCI, y Orlando oyó eso y le pidió a una de mis hermanas que le consiguieran un ejemplar de Al sur del ecuanil y lo leyó y posteriormente Rafael Diprisco le dio información complementaria sobre mi oficio de escritor. Tengo entendido que así ocurrió. Luego Orlando se empeñó en escribir el prólogo de la segunda edición de Al sur del ecuanil, pero Monte Ávila Editores se lo había encargado a Roberto Lovera de Sola y, cuando Orlando se enteró, armó un zaperoco y dijo que ese prólogo no lo escribía nadie sino él, y que si no lo escribía él no dejaba que saliera el libro. Entonces lo tuvieron que complacer y después Lovera de Sola en vez de odiar a Orlando me detesta a mí. Cuando yo regresé el año 73 de los Estados Unidos de Norteamérica, lo volví a ver en la Galería del Inciba que quedaba en el edificio de Pro Venezuela. Orlando tenía una “mona” grandísima que yo creo que ni se acordó después que nos encontramos allí, posteriormente cuando le dieron a él un premio entonces yo le dejé una carta en la librería Suma, manifestándole mi alegría porque le hubiesen dado el premio y luego el me llamó por teléfono y a partir de esa llamada seguimos viéndonos con cierta periodicidad.

¿Como definirías al escritor Orlando Araujo?

Renato Rodriguez: Yo creo que con una frase muy corta po

dría expresarte la opinión que me merece Orlando como ser humano, tuvo altos y bajos pero hay una cosa de la cual yo estuve siempre seguro y esa cosa es que carecía de una cualidad que abunda mucho entre nosotros, particularmente, entre la gente que escribe o que hace algo en el campo de la creatividad: carecía absolutamente de envidia; nunca tuve indicios de que envidiara nada, era sumamente generoso en sus actitudes. Apartando la gran calidad de su libro Compañero de viaje, que es una especie de hito en la literatura propiamente venezolana, porque se puede decir que es uno de los libros que tienen realmente características de narrativa venezolana; fue un gran promotor de infinidad de cosas, no solamente de literatura. Fue un hombre sumamente entusiasta de las causas nobles de la vida como la vida misma; por ejemplo, y como te dije anteriormente, carecía totalmente de envidia y esa cualidad es poco común.

 

Entrevista realizada por Alberto Jose Perez.

Alberto José Pérez, su obra poética y crónicas de libros