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Alberto José Pérez, su idea de poesía II

El oro, lo único tangible puro; la poesía, en la dimensión de lo intangible, lo equivale. El Ser del poema la poesía es, lo demás a la prosa atañe. En los anaqueles de mi humilde biblioteca trece poemarios de Alberto José Pérez, al inicio del 2011, reposan. La inicial composición de su primer opúsculo lírico, Los gestos tardíos (1975), posee una metáfora vanguardista la cual ya predice al caro trovador al inicio de la maravillosa aunque difícil cuesta, dice: “El perro desnudo de la noche” (p. 7). Para el inteligente teórico de la literatura en la clasicidad tardía, Casio Longino (s. III d.c.), el delicado encanto de lo poético nunca cubre toda la composición sino apenas un momento —unos versos, una estrofa o una mera palabra— el cual el lector, mediante su mirada sabia, detona, irradiáse de inmediato así su carga lumínica y envuelve ésta la oda, la hace poética. En su exquisito tratado De lo sublime (Peri ypsous, se manejó la edición: Buenos Aires, Aguilar, 1972), Longino ubica ese espacio donde lo poético espera en el escrito lírico a su lector para al través de él explosionar su carga de belleza e iluminar el todo: hállase ese locus en los recursos expresivos artísticos del lenguaje literario, sea una metáfora, una hipérbole, una perífrasis en fin, o ya en lo patético de la elocución (entusiasmo, emoción, pasión) o ya en el superior grado intelectual de la revelación de la verdad, de un concepto sorprendente. Podría resultar un buen báculo para andar, a la par de disfrutar, por el bosque de la palabra encantada de Alberto José Pérez la obra de Longino. Por cuanto el bardo barinés de Apure con su innata creatividad supo separar el grano de la paja para salvar del naufragio de la escritura de esos años la poesía. Por ejemplo, sólo en los cuatro versos finales de “Jugamos”, del mencionado primer opúsculo, lo sublime revienta (p. 39),

Jugamos
a cada rato
y a cada rato perdemos
mientras tanto
una hiena
vigila los colores
que se tejen
en el cielo.

De igual manera cabe citarse: “Antes de vestirnos los ojos de relámpago” (p. 29), “El viento lee / en los ojos de la noche” (p. 51).

(…)
Ya
no
seríamos
tristes papagayos
buscando la libertad
estirando la cola
sobre cualquier
colina

(p. 59)

Mas Longino, discípulo en el tiempo de la Poética de Aristóteles se mantuvo fiel, en sus concepciones teóricas sobre la belleza del epos literario, al racionalismo del estagirita —ese gigante arquitecto de la lógica (Werner Jaeger, Aristóteles)—, por eso él llegó sólo hasta los tropos, las figuras, lo patético, lo gnómico, cual depositario de la sublime del discurso escrito, se quedó pues en la pulchritudo rationalis. Por su misma herencia intelectual soslayó el plantearse, el preguntarse, la naturaleza esencial, más allá de la armazón lingüística, de dichos tropos o de las figuras literarias; esquivó indagar, fuera del sendero racional, ese sobrecogimiento recóndito, ese arcano capaz de producir el éxtasis en el lector. ¿Dónde reside ello, esa quidittas? ¿Quid est res poesis? Tal vez los escritores órficos, tal además los pitagóricos, contemporáneos en distintos tiempos de Aristóteles como de Longino, algunas respuestas a dicha interrogación dilucidarían. Por salirse del ámbito racionalista ni los órficos ni los pitagóricos jamás fueron incluidos en los registros, en la casuística, en los ejemplos citados cual respaldos en la Poética, en la Retórica, tampoco en De lo sublime. Se les negó por entonces título de existencia a la pulchritudo orphica.

Sólo dos mil años después, cuando Sigmund Freud sus libros cardinales sobre la oniria publica, se pudo profundizar, capturar —arrimando a un lado el ensamblaje lingüístico— la naturaleza de la metáfora, valga decir de los tropos. En su obra ejemplar La interpretación de los sueños, resumida aunque con nuevos aportes años después en Los sueños (se utilizaron las Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1996, t. I), categóricamente Freud la esencia del plano evocado —conocido entre los lingüistas con el nombre de eje paradigmático— de los tropos descubre: éste se nutre de los sueños. La complejidad de la oniria, ese torbellino hecho del maravilloso desorden de los registros memoriales, de remembranzas, de reminiscencias de disímiles procedencias donde la logicidad —lo rationalis aristótelico— queda excluida, esa oniria pues entraña en su grado puro lo nominado por Freud “las ideas latentes”, éstas cuando el humano retorna de la vigilia persisten en el presente de la conciencia en un horizonte específico de ocultación/revelación (nivel fantástico, misterioso) para reaparecer con su brillo, cual un estallido, en los momentos de la poietiké del artista, ocupan el más denso ámbito —el óseo— de la creación. Puntualiza Freud: “Las primeras ideas latentes que el análisis revela suelen extrañar por su poco corriente apariencia. No parecen presentarse en las tímidas formas expresivas de las que se sirve preferentemente nuestro pensamiento, sino que se muestran representadas simbólicamente por medio de comparaciones, metáforas, como el lenguaje poético, rico en imágenes” (p. 736). Alucinaciones benignas formadas en las catacumbas del espíritu por donde emana la anamnesis platónica, resorte en buena medida del poema. Aproxima, entonces, este descubrimiento freudiano a los portones de bronce detrás de los cuales se oculta/revela el ser de la ódica, abre Freud la ventana para “ver”, en la cognición heideggeriana (salir al “estado de abierto”, a la “iluminación”, a la intemperie), la pulchritudo obscura, la lírica pura tejida con las cabelleras doradas del hechizo…

Asoma así, después de cuanto se ha escrito en las afirmativas anteriores líneas, una imperiosa aporía: ¿en cuál de estas dimensiones yace la realidad, en el sueño o en ella misma tal la entendemos? Si en la del sueño, luego éste constituiría la realidad. Pero siempre quedará el margen onírico, obviamente. Mas al tiempo se retornará a la misma duda aunque invertida, ¿en cuál de estas dimensiones yace el sueño, en la realidad o en él mismo tal lo entendemos? Difícil salir por la vía horizontal, traspasar el lindero de esta circunferencia. Por eso el poeta en ese círculo un anfiteatro levanta para escenificar su tragedia o su comedia, un escape vertical hacia el cielo terrestre, el sacro misterio de la belleza. Ciertamente esto ya, en un nivel órfico, en la basal lengua griega clásica Platón en el Fedro, a sus alumnos lo había anunciado: “Quien intente aproximarse al santuario de la poesía sin estar agitado por este delirio que viene de las musas, o quien crea que el arte (-tékhne) sólo basta para hacerle porta, estará muy distante de la perfección: la poesía de los sabios se verá siempre eclipsada por las odas que respiran un éxtasis divino” (México, Porrúa, 1972, p. 636).

Vagará, ahora sí, el lector con este mapa —¡o puzzle!— en la mano, por el laberinto de los versos del juglar Alberto José Pérez.

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