Alberto José Pérez, su idea de poesía III

En El libro de Barinía (1984), el trovador en un altozano de sus días se detiene, la brújula del destino de su peregrinaje en ese instante revelador escruta. Ha mostrado la angustia ahora su pálido rostro en el espejo donde el cantor acude para cerciorarse de sí uncido a su canto con la existencia, con la temporalidad. El relámpago de la congoja, del pesar, ese celeste atardecer, sacuden, enhebran lejanos truenos esta aflicción del ánimo,

Auto-retrato

Tengo lo que no tengo
y por tenerlo me espanto
palabras metálicas
que no conmueven
una canción
que no logro aprender de memoria
un viaje sin punto de partida
treinta años y un montón de versos
que tan sólo roban espacio a las sombras
que precedo.

Iniciar el romeraje por el reino de la poesía implicaba, más allá del regocijo de las estrellas en el paisaje de la noche, de la mujer (las ellas, esas dulces quemaduras en el rumbo), de la euforia de las fuerzas silvestres desatadas en el soma ante el reto de las efectivas estancias, reclamaba dignificar la transmutación de esas vivencias en una creatividad —poietiké— a la cima del humano —no del inhumano— con la verticalidad de los padres árboles, con la fortitud de las saetas del azul celeste: los gavilanes. Había de esperar por eso, en algún puñado de días, el óseo diálogo entre el trovador y su existencia. Apuntan a ello versos tales, “de que el rocío / lama mi faz / de moribundo comedor de piedra” (p. 9), “la sed del grande perro corazón mío” (p. 13), “que aquí viene el olvido a buscarte / como cualquier cosa que no vale nada” (p. 13), “he arribado a la cima / al comienzo de las cosas / de nuevo frente a lo desconocido” (p. 27), para aterrizar en uno de sus poemas paradigmas del libro,

Tanguillo

Qué es lo que siento ahora
que masco tierra
será así como se anuncia el silencio
lo efímero que soy.

Detenerse en un alcor de su temporalidad para Alberto José Pérez significó un requerimiento de su misma trova, imperioso para vislumbrar en la esperanza de la ruta del romero, sub lumen solis.

Las mencionadas afecciones, dudas, angustias, pesares, desesperanzas del bardo en su psiquis maduraron para desembocar casi diez años después en una larga alegoría conformadora de dos poemarios, Homenajes (1993), El espejo y la memoria (1993), Vívida alegoría de enhebradas metáforas hecha, tropos macizos a la par de laboriosos por cuanto cada uno sobre la arquitectura de su poema yace. En el primer opúsculo, cual lo puntualiza su rótulo, la urdimbre de los versos de cada composición conceptualiza un afecto, un recuerdo, un grito por personas muy queridas; en el segundo el viento de la libertad por las páginas del pequeño libro se cuela para despejar el ser de dicha alegoría en ambos textos, ese ser tristeza se nomina.

El tiempo obliga

Voy a encontrarme contigo

Te llevará cartas y recuerdos de
Familia,
Hablaremos de lo de antes
Cuando estabas con nosotros.

Tus pertenencias están en el mismo sitio,
Los pájaros no han vuelto,
Los perros se murieron
Y los caballos también.

Por eso voy a encontrarme contigo.

Ya las cosas no son iguales,
El tiempo obliga,
La vida es así.

(El espejo y la memoria)

¿Qué impele al desocultamiento de la melancolía en el poeta? Martin Heidegger, en su tratado Caminos de bosques (Madrid, Alianza, 1998, p. 238), una frase patética ante los ojos del lector colocó… “A qué lugar del destino de la noche del mundo pertenece al poeta”. Cuando la ódica definitivamente del espíritu del hombre (o mujer) se posesiona —“La poesía es el río que me inunda / cuando tengo el mundo a un paso / y digo que estoy perdido” (Homenajes)—, emprende éste la búsqueda para tratar de hallar en el caos de la aventura aquella sublime Idea latente en la brújula del corazón puro (la kalokágathía de aquellos lejanos griegos), “lo bellobuenoverdadero es deífico, y todo lo análogo, ello nutre y fortifica las alas del alma”; Platón, Fedro (México, Porrúa, 1972, p. 637).

A alguien espero…
Alguien que no sea mi rostro

Una mañana
Un golpe de suerte
Que aísle la sangre
Que recree las sombras
Y las vierta
Como capa de viento.

(El espejo y la memoria, p. 7).

Toparse con relativa certeza el sendero señalado por el mandato divino de la Idea fácil nunca resulta en medio de la insoslayable confusión de los días. Con frecuencia el fulgir de la seña, de la cifra, ante el torbellino de los placeres de la vividura, se oculta, se pierde. Mas el cantor, altivo personaje en el reino de su silencio, deberá escoger entre la voracidad del dragón de la miseria de la temporalidad o la otra oferta, la mesticia, algunos optan por ésta. Emerge entonces entre las brumas de la creatividad la lírica de la tristeza.

En mi pueblo no tuve más diversión
Que el río
Una diversión que se convirtió
En culto al lenguaje del agua

Hasta ahora mi primera y única fiesta

En la ciudad
Sólo formas muertas
Mi sombra escondiéndose
Con sigilo de mariposa
En el espejo y la memoria.

(El espejo y la memoria, p. 30).

En la pulchritudo cantici de la literatura venezolana contemporánea, quienes con más agonía sus trenos han lanzado a los vientos “del destino de la noche del mundo” han sido, en cadencia elegíaca, José Barroeta (“Amo más la tristeza / que la palabra”. Culpas de juglar, 1996, p. 15), en armónica sonoridad alegórica Alberto José Pérez.

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