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LO QUE TIENE ASIENTO EN LA MEMORIA

poemas de autorHa muchos años de haber nacido

parece que mi pueblo no es mi pueblo

todo ha cambiado en demasía

sólo el río lo ha hecho muy poco

 

es más ancho a como mi abuela Gregoria y mi madre

me lo dejaron en herencia

lo demás tiene asiento en la memoria

 

pero siempre hay algo que se le escapa a la muerte

lo compruebo si volteo hacia el suroeste

hacía mucuritas

el viento sopla en la misma dirección

es lo único en verdad

que sigue siendo igual

 

como el recuerdo de mi compadre Lapaz

cuando se quedó en silencio en la blancura de su barba

sentado en su mecedora calaboceña

soñando con el río apure

 

así fue

lo recuerdo

a muchos años de haber nacido.

Escrito por:
Alberto Jose Perez

El regreso del caracol – Celebraciones

Celebraciones, libro escrito por Alberto Jose Perez.

Libro Celebraciones Alberto Jose PerezAdemás de ostentar un lugar destacado en la poesía venezolana contemporánea, el escritor venezolano Alberto Jose Perez es un cronista cabal y prolífico. Celebraciones reúne una veintena de sus crónicas en las que, como se intuye en el título, despliega el aplauso contagioso en favor de sus no pocos afectos literarios.

Nelly Fernández, Gonzalo Fragui, Ernesto Román Orozco, Yildret Rodríguez Ávila, Caupolicán Ovalles, Fidel Flores, Jesús Enrique Guédez y muchos otros autores venezolanos aparecen en las páginas de Celebraciones como protagonistas de breves textos en los que se congrega la certera reseña literaria y la sabrosa anécdota.

“Soy dueño de la inmensa fortuna de tener buenos amigos, cuyas obras son imposibles de obviar a la hora de escribir, discernir, sobre el cine y la literatura nacionales: gente de honor y trascendencia, a toda prueba, que han dado ‘frutas del sol a todos los oscuros’ ”, dice Pérez en una de las crónicas incluidas en el libro.

Nacido en la población apureña de El Samán en 1951, Pérez es director-fundador de la revista literaria Icam y del sello editorial del mismo nombre. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio de Poesía de la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Ezequiel Zamora (Unellez, 1987) y el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV, 1991). Entre sus poemarios se encuentran Los gestos tardíos (1975), El libro de Barinía (1985), Marca (1984), Olor de amor (1995), Como si valiera un siglo (1996), Retrato de memoria del corazón de una mujer (1997), Un poeta como yo (2006) y la antología poética El poeta de quien les hablo (1999).

Jorge Gómez Jiménez, revista Letralia. Calle La Victoria, Nº 03-16. Urbanización Francisco de Miranda (Fundacagua). Cagua 2122, estado Aragua (Venezuela).

Libro – Un poeta como yo

Cronica del Libro – «Un poeta como yo» de Alberto Jose Perez

I

La afirmación en primera persona nos augura un viaje por los fantasmas del poeta apureño nacido en El Samán, Alberto José Pérez, radicado en Barinas desde hace muchísimas carcajadas, bendiciones y alteraciones del tiempo. Se trata de un libro en el que el poeta se consume en su íntimo y angustioso pronombre personal, tanto que revela lo que mejor hubiese oficiado en la vida. Un poeta como yo registra con mucha alegría las mofas de la muerte, los asaltos de la nostalgia, los recuerdos acumulados en la casa, puestos a la disposición de quien quiera conocerlo en la página 37 de la edición de Mucuglifo (Mérida, 2006):

Un poeta como yo
Hubiese sido un buen vendedor de carne
De esos que llamamos pesero
O el prefecto
Más recordado de El Samán de Apure
Por aquello de que cada quien
Haga lo que le plazca
Pero un poeta como yo
Nunca sacaría una muela a un cristiano
Ni dedicaría un poema al Che Guevara
Ni a Fidel Castro
Y menos aun a Mister Bush.

Eso sí
A José Alfredo Jiménez
A Chavela Vargas
A Alfredo Sadel
Himnos de alabanza y amor.

Bertrand Russell dijo
Que los celos son una manifestación de envidia

Yo soy entonces
Un envidioso incurable
Y tú
Bonita
Lo sabes.

un poeta como yo por alberto jose perezUn espíritu cotidiano, embridado por la fuerza de quien sabe que la noche viaja en el silencio, que la muerte y la vida podrían ser una broma, no descarta ser puesto a prueba por las palabras, herramientas de placer y dolor, de vértigo y agonía. Alberto José Pérez, quien con El espejo y la memoria nos sacudió y supo ubicarnos con el Retrato de memoria del corazón de una mujer, en esta ocasión regresa desde el polvo sabanero de Barinas a entregarnos esta confesión, la de advertir su condición de poeta, de hombre sometido por las imágenes de su soledad, por los ruidos de una hora que ha sabido consumir parte de nuestra existencia. No en vano nos “relata”, valido de las voces de su tránsito vital, las reflexiones vertidas desde la ventana de la memoria: “Hasta esta fecha / Y a mis cincuenta y tres años / Vividos satisfactoriamente / Pude reírme de mí mismo // Me reí de la camisa que llevé / Durante el día / Me reí de mis zapatos / De mi nariz enrojecida por el sol / De mi cuenta bancaria / Me reí de la disculpa que di / A una señora / Que casi me manda al otro mundo / Con su automóvil // En fin / Reí mucho de mí mismo / Y al volver a casa / Y decirle a los perros / Que no conseguí nada / De lo que salí a buscar / También reí // Ellos entienden / Usted / Quizás”.

La ironía, la burla, la sorna, con una ineludible carga de tristeza que rasguña el poema, hacen de este libro de Alberto José Pérez constante que en sus trabajos anteriores son la carne propia de una poética vertebrada por la misma manera de ser el hacedor de imágenes.

II

Tres años antes, llegado el medio siglo de vida, el poeta Pérez se duele de quienes lo han herido, de quienes lo han mirado por encima del hombro. Por eso, deja escrito: “Cumplidos los cincuenta años / Miro en la ola / A los que conozco / De vista y trato // Los más de ellos / Me odian y me desprecian // Abro los días / Abro las noches // Sin el sudor / Del que está perdido / En su propio excremento”.

No obstante, después de ese paseo por esa acritud, el hombre que escribe estas páginas, el nostálgico de El Samán de Apure, pronuncia, sin dejar de recordar el dolor del poema anterior: “Por lo general / Soy un hombre de cosas buenas // Si alguien se ha molestado conmigo / Es porque también / Generalmente / Digo la verdad / Pero miento / Cuando la verdad / No vale la pena decirla // Como ven / No escapo / Del rodeo humano // Disfruto el silencio / Y la certeza de que los míos / Duermen o comen / Cuando hay que hacerlo / Con la edad / Ha sido más llevada la vida // Soporto mejor las ingratitudes / de gente que creía muy mía // soy / como Dios / no perdono // He viajado adonde he querido // Duermo bien / Y como dichosamente / Lo que esté a mi alcance // Soy envidioso / Yo envidio a la gente sencilla / Que se sienta a las puertas de sus casas / Casi desnudos y descalzos / felices de la vida // Casi no compro objetos inútiles // Soy el mejor de los amigos / Y aunque no lo crean / He sido fiel a mis mujeres / Como a este país / Que se debate entre la vida y la muerte…”. Este largo canto recoge el interior del poeta y los reflejos del paisaje que lo aprisionan. No deja pasar nada Alberto José Pérez, desde el amargo sabor de algunos días y la alegría de no ser “mejor que nadie / Sólo que disfruto lo que me gusta de la vida / A mi antojo / Y eso me distingue…”. La vida, epicúrea al fin, se debate entre los devaneos de los amigos, la buena mesa o un trago para la eternidad: “Es hora de café con nuez moscada / De tabaco / de mirar hacia el teléfono / Y escuchar un rato a Carlos Vives / Sólo para comprobar que estoy vivo”.

III

Un poeta como Alberto José Pérez sabe llorar. Nada le es ajeno: si la felicidad está en el sorbo de un café, en los muslos de una mujer, en el sabor de un cigarrillo a cierta hora de la madrugada, también un poema puede conducirlo al llanto: “Ana Ajmátova llegó ayer / Leí sus poemas en la lengua que entiendo / Que quede claro / En el español que habla María Fernanda Palacios // Al final / Les cuento / Que terminé llorando / Como un condenado a muerte // Tanta desdicha / Tantos golpes bajos / Y cantaba / Dolorosamente hermoso”.

Este poemario de Alberto José Pérez nos alegra y nos conmueve. Nos aturde y nos perturba. Un poeta —como el nacido en El Samán de Apure— no podía dejar de sentir que el mundo está tan vivo como su corazón.

Cronica realizada por: Alberto Hernandez