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POEMAS ROMÁNTICOS: AMOR MIO | LA LUNA DE AQUÍ | EN LA ALTA NOCHE

Poemas de amor, románticos o que simplemente nos dejan esa mirada al vacío que nos hace recordar algún amor, un buen recuerdo o momento de nuestras vidas, mirando la luna, en una fría noche o únicamente por casualidad. Aquí tenemos poesía de Alberto José Pérez que nos deja, claro y ¿cómo no? Con frases románticas de su autoría e inspiración.

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Alberto José Pérez, su Idea de Poesía, Por: Lubio Cardozo

El trovador, la poesía, faz a faz. Encara, con lata experiencia intelectual junto a un capital de vivencias recogidas a las orillas de la calzada por el andariego, la ódica; la inquiere, la sacude con vigor de alma en las estrofas de dos cuadernos separados por una década: Como si valiera un siglo (1996), Un poeta como yo (2006). Constituye el primero un pequeño libro un tanto desigual en sus decires melódicos, aunque en el más de las composiciones el habitual ludismo verbal de este bardo cede el espacio de las páginas a inquietudes en torno al sentido óseo de su propia lírica. Acoto, en respeto a la verdad, los siguientes: el pensar sobre el sacro misterio de la belleza emanante de los versos, el continuo de los escritos de este aedo de los llanos venezolanos.

Por lejos que me encuentro
del día
en que vivo

no desmayo
mirándome envejecido

a veces piedra me veo
y no recuerdo
la periferia donde he vivido
amándome en ti
poesía
que ni muerte me has dado.

(P. 20).

Con mayor vehemencia a la par de erguida serenidad, de nuevo el cantor, al través del ritmo airoso de sus vocablos, confronta a la lírica en Un poeta como yo, cual una dulce fatalidad la pertenencia absoluta en lo profundo de su ser, de su singularidad, a la poesía. Lo ha llevado de la mano ella por los pasadizos del laberinto de sus cincuenta años de andariegar por “el país de los mendigos” (p. 24), para extraviarlo a veces, otras para salvarlo.

Tanto se ha dicho de la poesía
Y los poetas
Que ya no me ocupo de tales asuntos

Y de enero
Con sus noches frías
Tampoco

Habito en la flor de bora
Del río de mi vida
Y marzo muerde mis pies

Abro mi corazón
Y pienso
Cierro los ojos
Y pienso
(…)

(p. 23).

Tómese al voleo, tal un reto, lo afirmado en la primera estrofa. En realidad, ¿qué es la poesía, su quidditas? ¿quid est res poesis? Afirmo desde el extremo de mis setenta y dos años: la poesía es el espíritu de la Tierra tierra (cuando digo Tierra tierra por supuesto al universo incluyo). El manifestarse, el mostrarse, el alumbrar (en fin, el phaínoo de los griegos aquellos) su espiritualidad. Grita la madre Gea su poesía —aunque parecieran no oírla así, ¡la fulana descreencia!— a través de las formas y las voces de sus criaturas, los cerros, los altos riscos —¡la amadísima sierra nevada de Mérida, bellísima cordillera genesíaca!—, los ríos —¡el Orinoco!—, las nubes, los padres árboles, los mares, la cromaticidad de las flores en las mañanas veranosas de los andes venezolanos, el croar de las ranas, el rugir del tigre, el trino de los pájaros, los versos del humanus. Pero éste a la tierra íntima del cuerpo por los vericuetos de la confusión de la aventura la arrastra, la enriquece en unas, en otras las pervierte, la mezcla con el delirio de su deambular, la embarulla con sus pasos, por eso cuando ella canta allí, deja oír las odas del soma, va en verdad el acontecer de la Tierra tierra en el vate, el vaticinador, o mejor, porta él la historia de su personal arcilla. Sin embargo la madre Gea al trovador jamás en el reposo de su escritura lo abandona en su soledad, en tales horas siempre la apertura de la mayor fuerza imaginativa le reclama para donarle así el oro esencial, el dorado color sacro de la lírica. Difiero —humildemente— de Aristóteles en su Poética sobre la perspectiva originaria de la ódica, para mí nunca reflejará de manera apodíctica, miméticamente la fisicidad (la physis, conceptio rationalis), afirmo más bien: la poesía en la cadencia de sus tonadas, en la eufonía de sus composiciones, vierte el espíritu de la Tierra tierra por la voz del cantor, del poeta (conceptio orphicus). Creo interpretar con los vocablos dichos la semántica de este hermosísimo poema absoluto del juglar Alberto José Pérez,

El caracol

Lentísimo el caracol
Dibuja su huella en la arena

Respiro hondo
Cuando abre las pestañas
Del océano

Y se va silencioso
Por ese ojo inmenso del planeta
Que dudo en mirar
A otra parte
El caracol
¿Conocerá el miedo?

(p. 9).

Después de Un poeta como yo (2006), AJP otros textos ha editado, de ellos dos hay, hasta el presente (2011), en los cuales el escritor ostenta su holgado mester de la elocución lírica, quizás alcanzó la pleamar en su alongada experiencia literaria: Confesionales (2008), En la alta noche (2010). En su discurrir melódico cuanto ya se afirmó a lo largo de estas páginas en ellos lo ratifica. Mas, a manera de un primer toque de pista en este largo aterrizaje inconcluso queda una pregunta aún sin responder: ¿cuál es la Idea de poesía en Alberto José Pérez? Infiero: para este trovador, por sobre la multiplicidad, la heterogeneidad, de la delirante romería, sólo en verdad substancializa su existir la ódica. Bien lo expresa en tres versos con los cuales a su vez rubrica su identificación con uno de los tantos gratos rasgos enfáticos definidores de los grandes poetas llaneros ya mencionados, la pulchritudo maiestatis, cuya tradición concluirá definitivamente con Alberto José Pérez. En su compasión “Mi canto”, escribe,

(…)
Nadie sabrá del planeta de la palabra
Como yo
Ahí moraré como un trueno en una ceja de monte

(En la alta noche, p. 35).